domingo, 23 de agosto de 2026

 

Guayana Esequiba: ¿de cuál herencia territorial se ufana la excolonia británica?

Dr. Abraham Gómez R.

 Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua

 Asesor de la Fundación Venezuela Esequiba

 Miembro del Instituto de Estudios Fronterizos de Venezuela

 Coordinador de la Comisión proponente de la UNAFRONT.

 

De todos es conocido que la excolonia británica introdujo, en 2018, una demanda contra nuestro país, y ha ratificado un absurdo petitorio a lo largo de todos los trayectos procesales en el juicio que cursa por ante la Corte Internacional de Justicia; el cual, por cierto, se encuentre a punto de sentencia.

Nos luce una extravagancia la causa de pedir de la contraparte.

Están empecinados en que la Sala Juzgadora obligue a Venezuela – en el esperado fallo-a reconocer el írrito y nulo Laudo Arbitral de París de 1899, como “cosa juzgada”, sin aportar ningún elemento de convicción, mínimamente creíble. Sin haber consignado nada que pueda ser acreditable histórica, jurídica o cartográficamente.

Peor aún. Sin haber esperado la resolución definitiva del Ente Juzgador, Guyana continúa otorgando concesiones y permisos a bastantes empresas transnacionales, ya no únicamente en la proyección atlántica que genera la parte continental de la Guayana Esequiba, en contención; sino que, imprudentemente, ha dado instrucciones, y hasta órdenes escritas, a las compañías para que   operen en cualquier coordenada marítima hacia su costado oeste, irrespetando la soberanía venezolana en esa área.

Todos los gobiernos guyaneses han burlado, como le da gana, el Acuerdo de Ginebra de 1966.

“Con el fin de facilitar la mayor medida posible de cooperación y mutuo entendimiento, nada de lo contenido en este Acuerdo será interpretado como una renuncia o disminución por parte de Venezuela, el Reino Unido o la Guayana Británica de cualesquiera bases de reclamación de soberanía territorial en los Territorios de Venezuela o Guayana Británica o de cualesquiera derechos que se hubiesen hecho valer previamente, o de reclamaciones de tal soberanía territorial o como prejuzgando su posición con respecto a su reconocimiento o no reconocimiento de un derecho a reclamo o base de reclamo por cualquiera de ellos sobre tal soberanía territorial. Ningún acto o actividad que se lleve a cabo mientras se halle en vigencia este Acuerdo constituirá fundamento para hacer valer, apoyar o negar una reclamación de soberanía territorial en los Territorios de Venezuela o la Guayana Británica, ni para crear derechos de soberanía en dichos territorios…” (Omissis).

 

Hemos tenido que lidiar con la postura de algunos compatriotas que sostienen argumentos, suficientemente críticos, de lo que debió hacer y no debió hacer el Estado Venezolano; si quería “quitarse de encima” de una vez y por todas tal controversia.

Exponen, sus criterios en estos términos.

En Venezuela, aunque actualmente el Acuerdo de Ginebra constituye el documento más valioso, con pleno vigor jurídico, para el proceso de negociación, nos conseguimos que según un reducido número de compatriotas opinan que el precitado convenimiento adolece de elementos concretos que permitan materializar la recuperación total del territorio, por las contradicciones que posee tanto de fondo como de forma.

De fondo, porque se acordó llegar a una solución satisfactoria para un “acuerdo práctico” que, en la práctica, resulta inviable,

Venezuela permitió que Reino Unido le transfiriera la disputa territorial a su colonia.

El Reino Unido se lavó las manos en este pleito, siendo el causante del mismo con sus añagazas jurídicas.

Venezuela permitió que la colonia resultara independiente, el 26 de mayo de 1966, sin antes solucionar el problema fronterizo,

Se le dio carácter de Estado a una colonia que no lo poseía.

Sin lugar a dudas, comportó una tramposa jugada de descolonización.

Se invirtió la percepción de la correlación de fuerzas; de un nación grande y poderosa frente a otra pequeña e indefensa.

Explicamos el anterior aserto. Ya no se percibiría a Venezuela como la nación débil usurpada por la potencia mundial de Reino Unido, sino que ahora la pobre y recién independiente Guyana aparentaría ser la nación débil frente el país rico y petrolero como Venezuela que querría quitarle parte de "su territorio".

 Nosotros no le hemos quitado nada a Guyana, ni pretendemos hacerlo.

 Solo esperamos – muy pronto-- que la Corte sepa decirle a Guyana, en justo derecho con una congruente sentencia, lo que realmente le corresponde; que nos es otra extensión de lo que fueron las provincias angloholandesas, hasta 1814, de Berbice y Demerara; menos de 50.000 km2 al este del río Esequibo.

Resultaba ingenuo pensar que motu proprio Guyana le regresaría a Venezuela tres cuartas partes de lo que considera “su territorio heredado” al momento de su independencia y del cual ostenta la administración y ocupación; pudiendo explotar sus recursos así tales actividades no sean símbolos de su soberanía, con lo contempla, contundentemente, el Acuerdo de Ginebra.

Efectivamente, tres meses después de la firma y aceptación del Acuerdo de Ginebra,17 de febrero de 1966; entonces, la Guayana Británica se declara independiente; siendo a partir de allí – según ellos- para todos los efectos en el Concierto de las Naciones del Mundo, la República Cooperativa de Guyana, un sujeto internacional, pleno de derechos.

Hubo venezolanos que levantaron su voz, fuertemente, al señalar que nuestro país no debió reconocer la   independencia de la naciente República Cooperativa de Guyana sin antes haber solucionado con Reino Unido el problema de límites y fronteras.

 

sábado, 22 de agosto de 2026

 

Ciudadanía y urbanidad anudadas por la cultura

 Dr. Abraham Gómez R.

 Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua

 abrahamgom@gmail.com

 

Una seria advertencia, en el inicio de esta reflexión, que quizás abone un poco para dirimir un interesante tópico que por encontrarnos subsumidos en el mismo no nos percatamos de su existencia.

Entendamos de una vez por todas que la ciudadanía no está hecha.

 Insistamos en dar a conocer que la ciudadanía no se compra en paquete cerrado.

 La ciudadanía no es un adminículo de moda para uso eventual y luego desechar a capricho.

A la ciudadanía hay que estarla haciendo a cada instante; y por más que ejerzamos tal condición ella no se agota; al contrario, se ensancha.

 La práctica de la ciudadanía “vive” en un constante devenir: siendo y haciéndose.

¿Dónde encontrar, aunque sea un pedazo aprovechable de ciudadanía? Puede llegar a preguntarse alguien.

 Ella aflora en múltiples ámbitos, responderemos. Allí, exactamente donde los seres humanos hacemos factibles nuestras existencias. Digamos, en la familia en su más amplia acepción (en su “tribu” como diría Maffesoli), en la escuela, la calle, en las iglesias en sus distintas confesiones, en los espacios laborales.

Además (con no menos influencia) desde, con y a través de los medios de comunicación; en la espontánea socialidad que nace en el transporte público; en fin, en la agregación vivencial.

Hay elementos que sirven de vectores expeditos para que la asociatividad de los seres humanos se produzca.

Muchos factores gravitan sobre nosotros con la intención de que nos comunalicemos.

 Tal vez coincidamos (ya lo hemos dicho en variadas ocasiones) que la cultura constituye el factor más importante (que asume la condición necesaria y suficiente) que nos vincula como sociedad.

Luce válido admitir que comunidad, sociedad y cultura crean un tejido indisoluble. Un sistema, pues; y siendo tal, si alguno de sus componentes se deteriora, obviamente repercute y afecta de modo severo a los otros dos, que también construyen esa interesante tríada.

Dicho más claro y directo. Cultura-sociedad-comunidad están imbricadas de tal manera que se hace imposible su desanudamiento.

 A partir del trasfondo cultural que le es intrínseco, la comunidad y la sociedad adquieren una estrategia de producción material de bienes y servicios, ciertamente, para poder subsistir; al tiempo que generan las claves simbólicas:  los constructos escolares, su entramado epistemológico, las ideas, escritos, palabras, artes, los contenidos cognitivos para reproducirse.

 Como producto de la compenetración de aquéllas tres nacen las cìvitas o ciudades, y por ende la esencia de los atributos y cualidades que nos hacen ciudadanos.

 Aunque se tengan las mejores intenciones de diseñar los espacios de las urbes. Así tengamos la disposición de hacer maravillas en las dimensiones geográficas para las urbes, para que den base a las ciudades y a sus respectivos elementos patrimoniales, si no hay en nosotros suficiente densidad cultural y civilidad de nada valdrán tantos esfuerzos.

Por un lado, se estará haciendo y por el otro se vendrá destartalando.

Una cosa es arreglar la urbe y otro “distinta y complementaria” es la espesura de cultura que portemos.

 Otro hecho bastante llamativo es que sólo el sesgo legal nos ha importado cuando tratamos la civilidad.

Fíjese, reclamamos vía jurídica, los atropellos que desde el Estado se comenten contra nuestra condición de ciudadanos.

 Tal reivindicación nos parece muy bien. Pero, ¿Cómo nos comportamos frente a la sociedad-comunidad?

La ciudadanía debe hacerse con autorregulación, con carácter pacífico y muy responsablemente.

 A la dimensión legal de la ciudadanía debemos sumar la visión filosófica que nos indica el tipo de sociedad que aspiramos construir, el fin último que deseamos alcanzar en la integración social que perseguimos.

Añádase allí también la dimensión socio-política la cual es el basamento de las prácticas consideradas cotidianas; cooperación en el diseño de las políticas públicas, solicitar que se agranden los derechos humanos, exigir que se cumpla el contrato social que nos damos, participar-dialogar en los eventos de la esfera pública y en sus diferentes instancias; asumir que disfrutar de las libertades y de los beneficios estatales no deriva de una concesión graciosa de los detentadores del poder.

Si insistimos en tratar de comprender el significado ético de la Política en estos tiempos que corren, seguro nos quedaremos perplejos y con demasiadas incertidumbres.

 Las observaciones que intentemos, aunque sea por curiosidad, para develar los otros modos en que se ha transfigurado lo político ahora se quedarán pequeñas. No tanto porque los escenarios se muestren a veces impenetrables, sino también porque cosas que parecían inimaginables son comunes y corrientes, y “legitimadas” con la mayor naturalidad.

No sólo impactan, también espantan. Hay displicencias a borbotones. Actitudes tan rampantes que uno se queda loco.

Deseamos construirnos y constituirnos desde el pleno despliegue de las potencialidades creativas de cada quien, donde se propugne el beneficio de todos, con plena solidaridad humana. Sin posturas hipócritas o utopismos anacrónicos.

 

sábado, 15 de agosto de 2026

 

El pensamiento de Rigoberto Lanz más vigente que nunca

Dr. Abraham Gómez R.

Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua.

abrahamgom@gmail.com

 

Siendo ahora la tolerancia un asunto de escasísimo uso; y la discusión a través del disenso fértil una extravagancia.

Precisamente, la tolerancia y la discusión constituyeron las dos mayores virtudes que cultivó Rigoberto a lo largo de su existencia.

 Admitir con respeto las opiniones que provenían en sentido contrario, al tiempo que procuraba pesquisar una arista provechosa de cada palabra antagónica proferida; para hacer brotar después, desde su proverbial iluminada intuición una síntesis superadora de ideas; y así entonces, cada quien resultaba satisfecho. 

Tenía una grácil y elegante manera de “construir en caliente”; pensar sobre la marcha elementos metonímicos para reforzar lo que deseaba decir.

 

Habiéndonos conseguido siempre en parcelas ideológicas distantes disfrutábamos inmensamente con la sana confrontación (para muchos, dialéctica tal vez) que las adversidades en sí mismas provocan. Ciertamente, èl había sido un digno problematizador. Que incitaba al debate; que impulsaba al diálogo escrutador, que hacía de los espacios académicos su ambiente de regusto, sin llegar jamás a la domesticación.

Bastaba su fonética, suficientemente estudiada y bien pronunciada, del idioma originario del escritor de una obra reciente que deseaba citar en sus charlas, conversaciones y conferencias, para que nos “engancháramos”; y partíamos, de inmediato, raudos a escudriñar líneas de pensamientos de tanta gente. A veces autores con imaginaciones recónditas, abstrusos, de difícil comprensión en una primera lectura.

 

Siempre le admiramos la paciencia para escuchar hasta al que estaba errado en los planteamientos de “punta a punta”.

Impregnado de la quietud y grandeza del sabio, quizás, sin barruntar después con odiosa erudición.

 La dinámica de su vida estuvo signada por la constante y fecunda interlocución.

 Le encantaba aprender de todo y a cada instante.

Defendía con entera pasión su posición: ya en contra del marxismo manualesco como yendo a contravía de la modernidad; o haciendo elogiosa consideración a la Complejidad en tanto alternativa de vida.

 

Cada ejercicio crítico-reflexivo suyo iba precedido de enjundiosas argumentaciones.

La fundamentación ética que descolló Rigoberto a lo largo de su vida personal y universitaria le permitió estructurarse de una sola pieza.

Nunca lo vimos rechazar una discusión seria.

 

Cuánto orgullo haber disfrutado de su sincera amistad. Creada, cultivada y proyectada con base a los constantes intercambios de opiniones abarcativas de las distintas parcelas de la realidad.

Como docente nuestro del doctorado en ciencias sociales de la UCV, y como impulsor de los seminarios del CIPOST (post doctorales) donde participamos.

El maestro Lanz poseía la cualidad de no dejarse encallejonar ni adocenar en corrientes de pensamientos inconsistentes. Las adivinaba como circunstanciales instrumentos teóricos para el usufructo político.

 

Por aquello que siempre figuró “las palabras no son neutras” (Monte Ávila y Faces-UCV. 2005).

Los saberes tampoco son neutros.

 

Hoy llegamos a preguntarnos. ¿Acaso en la contemporaneidad venezolana, la realidad no está desbordando a cada instante a las estructuras institucionalizadas?

 Rigoberto lo exponía de modo similar al entender a la democracia en tanto el poder de cualquiera. Por eso alentaba la existencia de nuevos y distintos movimientos sociales.

 Decía que èl simpatizaba porque apareciera, sin limitaciones, la diversidad de lo político transversalizado. Hecho causal, esto último, de bastantes miradas reticentes hacia Rigoberto por parte de quienes han detentado la partidocracia acrítica e incontestada en nuestro país.

Rigoberto siempre les resultaba a los políticos, sin densidad en el pensamiento, un necesario invitado incómodo. Porque pensaba con cabeza propia.

Las universidades fueron focos de sus acendradas críticas. Contundentes reflexiones que justificó con el propósito de que se transformaran; no que se solazaran y admitieran los atajos reformistas como salidas.

Siendo èl una creatura de la Universidad, no sentía vértigo para procurar alternativas a los espacios universitarios acordes a las inaplazables e inmediatas exigencias de generación, recreación, preservación y difusión de los conocimientos.

 

Tuvo la valentía de dejar en claro la obsolescencia de la Universidad; de señalar que era poco menos  que un cascarón vacío que no administraba contenidos esenciales para la construcción de conocimientos sino burocracias prescindibles.

Muchos “espíritus esclerosados” que han hecho de las universidades su hàbitus, quedaron perplejos cuando Rigoberto declara la caducidad de los métodos aplicados en muchas universidades del mundo. Además, insistió en la necesidad de realizar una reingeniería que resucite a las distintas casas de estudios.

La dicha admirable siempre de Rigoberto es no haberse quedado encajonado en los diagnósticos catastrofistas; porque aportaba soluciones alcanzables:

“Se puede empezar con una reingeniería del modelo, pero inventar otra alternativa desde cero sería lo ideal y hasta más conveniente y excitante. Aunque hay muchos frentes de reforma universitaria en el mundo y cada quien viene trabajando a su manera, por ejemplo, destacan los europeos con el llamado Programa de Bolonia, al igual que en México en donde destaca el trabajo de Edgar Morín (Universidad de Hermosillo). Sin embargo, no existe ningún modelo a seguir, sólo estas experiencias”.

 

Cómo hablar de transformación universitaria sin ir a la raíz constitutiva y constituyente de los saberes. Sin llegar a develar las matrices epistémicas que las alimentan y sustentan. Tal vez, ello sea el factor que más impacta y espanta cuando estos asuntos son llevados a escenarios de fuertes escarceos con la intención de discernirlos plena y absolutamente. Había una prístina visión en Rigoberto sobre este específico aspecto:

 

“No hay modificación universitaria si no hay, al mismo tiempo, cambios de la forma del pensar y un cambio profundo sobre todo en las ideas de los docentes. La transformación es un hecho natural en el mundo académico, las universidades no se transforman naturales ni espontáneamente, es la presión de la sociedad la que la induce. Es un desafío urgente, y abarca un cambio cultural, que debe aparecer en la agenda de la transformación y las políticas públicas de la misma”.

 

Rigoberto se atrincheró en un pensamiento apropiado para la resistencia intelectual.

Habitaba en Rigoberto la inmensa preocupación para incitar el pensamiento creativo-crítico en América Latina.

Continuamente refería que mientras en otras latitudes se hacen y dicen cosas; èl no lograba explicarse qué estaba pasando con esta parte de la tierra.

Rigoberto nos recordó como anécdota lo que siempre señalaba Carlos Fuentes hace ya algunos años, de que si acaso emergía filosofía en América Latina no sería precisamente a partir de los filósofos sino por voluntad de los literatos. Una exageración del mexicano, podría ser.

Ciertamente, cuánto pensamiento hay en nuestra literatura, cuánto pensamiento en nuestro lenguaje simbólico; pero que, si confrontamos con el ámbito de las ciencias sociales, vemos que no hay una relación; dicho de otra manera, no existe un enriquecimiento recíproco.

Suele ocurrir, mencionó infinitamente Rigoberto, que cada vez que nos encontramos en algún atolladero, en un atasco social, algún ocurrente sale proponiendo que hay que conformar una comisión de reforma, y jamás se les ocurre que de lo que se trata es de Transformar.

Porque por la vía de la reforma no vamos hacia ninguna parte. Por cuanto sólo por allí intentaremos reacomodar la cosmética. Revisar los esquemas, el aspecto, las apariencias. Mientras que la transformación va al fondo de los asuntos.

En América Latina requerimos que no únicamente los intelectuales piensen. Por cierto, palabra que siempre fue desdeñosa para èl.

Decía que cuando alguien se auto adjetivaba de intelectual había que colocarlo “bajo sospecha”

 

lunes, 3 de agosto de 2026

 

Guayana Esequiba: esperamos restitución no por malcriadez diplomática ni por capricho

Dr. Abraham Gómez R.

Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua

Asesor de la Fundación Venezuela Esequiba

Miembro del Instituto de Estudios Fronterizos de Venezuela

Coordinador de la Comisión Proponente de la UNAFRONT

 

A propósito del presente pleito centenario que sostenemos por el arrebato que nos perpetraron por el costado este de la geografía nacional; durante las últimas cuatro décadas he tenido la posibilidad de intercambiar opiniones con muchísimos sectores, sobre cómo nos correspondió encarar este caso litigioso, como Asunto de Estado. Por encima de actos de gobierno.

Ahora nos encontramos expectantes; por cuanto, para el próximo mes de noviembre la Corte Internacional de Justicia tendría bastante probabilidad de dictar sentencia definitiva en este juicio.

 

En distintos eventos desarrollados en varias universidades del país; o a través en los medios de comunicación social, en las plataformas digitales; en video-conferencias y actividades presenciales; asimismo, visitando los propios espacios fronterizos y por las redes sociales conseguimos y escuchamos de todo.

 

Me permito resumir, señaladamente, que hay un denso bastión de compatriotas que conforman una interesante masa crítica; quienes a cada instante afilan con osadía y   agudeza sus juicios al respecto y publican las propuestas que ellos consideran justas para resolver la controversia, en espera de la decisión sentencial.

 

Para que recibamos, en las próximas semanas, una plena y congruente restitución hemos sostenido reclamos insistentes, desde hace más de un siglo, los cuales jamás han estado anclados en una malcriadez diplomática o en algún capricho nacional y menos en empecinamientos injustificados.

Honor y gloria a los compatriotas que nos antecedieron en estas lides venezolanistas.

Siempre estuvimos dispuestos -previo a las respectivas comparecencias procesales en el citado Alto Tribunal- a repensar y a analizar (una y muchas veces) cómo   rediseñar las mejores estrategias a que hubo lugar para que la Corte admitiera los objetivos petitorios de reivindicación venezolanista.

 

No se trata de una simple ilusión; sino de una determinación histórica con fundamento; de lo cual se encuentra enterada la contraparte que, por supuesto, sabe que somos poseedores de los documentos que nos acreditan el dominio absoluto sobre la extensión territorial que han venido ocupando y usufructuando ilegal e ilegítimamente.

 

Aunque algunos sujetos internacionales y países (hasta ayer amigos de Venezuela) se pronuncien en respaldo a Guyana --por marcados intereses económicos, sin dudas-- nuestra contención siempre ha tenido suficiente asidero jurídico, cartográfico e histórico y la fortaleza moral de saber que no estamos cometiendo ningún acto de deshonestidad contra nadie.

Con todos los especialistas en esta contención --con quienes hemos intercambiado criterios de los probables acontecimientos subsiguientes-- coincidimos en señalar que hicimos muy bien con reflexionar “en frío” y haber asistido a todas las comparecencias procedimentales por ante la Corte.

Hubo necesidad de convencer a un reducido grupo de connacionales para que dejaran las actitudes retrecheras o soberbias.

Las comparecencias por parte de Venezuela han sido de muchísima categoría e importancia.

Sin nuestra presencia, el juicio iba a continuar (nunca se ha paralizado) conforme al artículo (53) del Estatuto del Ente Juzgador.

 

Ya en espera de la sentencia definitiva, los delegados del oficialismo, responsabilizados para este delicado caso litigioso, hoy más que nunca, deben obligarse (y abrirse) a consultar a expertos y estudiosos para concordar la más idónea y conveniente posición que asumirá el Estado, una vez que sea convocada la delegación venezolana para escuchar la audiencia del fallo. ¿Qué vamos a hacer a partir de tal evento?.

Veamos también lo siguiente. Cuando analizamos la Constitución de la República Cooperativa de Guyana de 1980, nos conseguimos con la auto asignación y la distribución político-territorial que ellos han establecido, precisamente en la Guayana Esequiba, en flagrante violación del Acuerdo de Ginebra del 17 de febrero de 1966; que determinantemente señala, en su artículo V, numeral (2):

 

 “Ningún acto o actividad que se lleve a cabo mientras se halle en vigencia este Acuerdo constituirá fundamento para hacer valer, apoyar o negar una reclamación de soberanía territorial en los Territorios de Venezuela o la Guayana Británica, ni para crear derechos de soberanía en dichos territorios, excepto en cuanto tales actos o actividades sean resultado de cualquier convenio logrado por la Comisión Mixta y aceptado por escrito por el Gobierno de Venezuela y el Gobierno de Guyana. Ninguna nueva reclamación o ampliación de una reclamación existente a soberanía territorial en dichos Territorios será hecha valer mientras este Acuerdo esté en vigencia, ni se hará valer reclamación alguna sino en la Comisión Mixta mientras tal Comisión exista”.

 

Con la descarada entrega de concesiones –inconsultas y unilaterales-- a las empresas transnacionales pretenden, sibilinamente, “hacer valer o crear derechos de soberanía”.

 

La Guayana Esequiba constituye un territorio con incalculables riquezas mineras, hídricas, forestales, energéticas, edafológicas, agroindustriales, gasíferas, petroleras etc. Territorio muchísimo más grande que algunos países europeos, asiáticos y centroamericanos.  Con extraordinario potencial de desarrollo sostenible.

 

En el concierto de las relaciones internacionales, lamentablemente los países no tienen amigos sino intereses. Lo estamos percibiendo- mucho más-  en los últimos años, precisamente; porque esta zona está siendo considerada de un extraordinario potencial por las reservas probadas y calidad de los recursos petrolíferos, la ubicación geoestratégica y su proyección e interconexión con los países de Suramérica.

 

Hay quienes se atreven a ser explícitos en sus consideraciones – no exentas de polémicas—que las verdaderas fronteras son políticas y económicas y no jurídicas.

Hasta donde la Fuerza de Defensa de Guyana (GDF) nos permitió, recorrimos buena parte de esa inmensidad de territorio, y nos conseguimos importantes ciudades, pueblos y asientos demográficos de varios tipos y clases sociales; en cuyo registro censal, más reciente, arroja una población que sobrepasa las 300.000 personas, incluyendo a las etnias Waiwai, Makushi, Arawakos, Akawayos, Saraos, Patamonas, Caribes, Waraos y Wapashi.

 

Agradezco, en lo personal, que nuestro trabajo de indagación académica ha sido suficientemente ponderado y reconocido; lo cual constituye honda satisfacción por una lucha sostenida sin actitudes atrabiliarias o estrepitosas; por cuanto,  requerimos juntar  talentos y densidad en la formación documental y doctrinaria para insistir en reclamar y defender en las instancias a que haya lugar lo que por honor y justicia siempre ha sido nuestro; que nos desgajaron, en un ardid tramposo; en una tratativa perversa mediante añagazas jurídicas.

 

Por propia experiencia – producto de mis visititas a la zona-- puedo mencionar que aflora una inmensa motivación por parte de los Esequibanos --que viven en esa parte de Venezuela-- para intercambiar ideas, experiencias y conocimientos históricos con nosotros. Esos compatriotas tienen necesidad de saber, en esencia, cómo se conformaron desde el punto de vista político-administrativo. Ellos desean concienciarse qué fue lo que sucedió realmente. Así entonces, con tales fines, no piden que les expliquemos en qué consiste un documento llamado “Laudo de París” y otro denominado Acuerdo de Ginebra.