La
brillante sensibilidad en el pensamiento
de Rigoberto
Dr. Abraham Gómez R.
Miembro de la Academia
Venezolana de la Lengua
Abrahamgom@gmail.com
Apreciar las ideas o creencias
opuestas a las nuestras se ha vuelto en los últimos tiempos, como es bien
sabido, un asunto de escasísimo uso. Igualmente, trenzar una productiva
discusión que incentive y fortalezca el
disenso fértil se ha convertido poco menos que en una extravagancia.
Nuestro elogiado epistemólogo
venezolano Rigoberto Lanz cultivó a lo largo de su existencia dos grandes virtudes,
la tolerancia y el respeto.
Admitía, el
reconocido profesor universitario, con deferencia absoluta, todas las opiniones
que provenían en sentido opuestas a la suya; al tiempo que procuraba aprehender
una arista aprovechable de cada palabra antagónica proferida, para hacer brotar
inmediatamente, desde su proverbial intuición –y formación académica-- una
síntesis superadora de ideas.
Hacía una
ilación (sin h) con la opinión que escuchaba; a partir de allí, él colocaba la
suya en contrario; y percibíamos la que afloró producto de tal juntamiento (Dialéctica
hegeliana, tal vez).
¿Qué Resultado
se obtenía de tal estrategia y de este hermoso polémico entramado?
Cada quien quedaba satisfecho y crecía
intelectualmente.
Hemos
conseguido, en nuestra vida universitaria, muy pocas personas como el maestro
Lanz; quien tenía una grácil y elegante manera de “construir elucidaciones
en caliente”.
Respondía sin
titubeos; porque, sabía calibrar la superficialidad y/o profundidad de su
discurso, conforme al contexto donde se encontraba.
Pensaba sobre la marcha elementos metonímicos (designar
una cosa por otra, que guardan cierta relación semántica) para reforzar lo que
deseaba decir.
Habiéndonos
conseguido siempre en parcelas ideológicas distantes, disfrutábamos sin
limitaciones con una sana confrontación de criterios, que las adversidades en
sí mismas provocan.
Ciertamente,
él había sido un digno problematizador.
Nos incitaba
al debate; y si las cosas habían quedado inconclusas, impulsaba al diálogo
mucho más escrutador.
Rigoberto
hacía de los espacios académicos su ambiente de regusto, sin llegar jamás a la
domesticación.
Poseía y
asumía la natural cualidad de no dejarse encallejonar ni adocenar en corrientes
de pensamientos inconsistentes. Los mandaba bien largo al cipote.
Cuánto
orgullo haber disfrutado de su sincera amistad; creada, cultivada y proyectada
en base a los constantes intercambios de opiniones abarcativas de las
insondables parcelas de la realidad.
Abonaba,
siempre, en diálogos auténticos para engrandecer nuestra confianza y afectos.
Bastó su sola
invitación para intercambiar ideas; entonces, de esta manera sincera y legítima
se hizo nuestro ductor en el doctorado en ciencias sociales de la UCV e
impulsor de los seminarios del Centro de Investigaciones Postdoctorales
(CIPOST), en “la casa que vence las sombras”, donde participamos.
Lo invitamos,
cordialmente, a dictar una conferencia en Tucupita, para cursantes de posgrado.
En el precitado evento, Rigoberto no tuvo
recato en exponer que la vía que consideraba más expedita para constituir la
Universidad para el presente tramo civilizatorio, en tiempos de incertidumbres,
era mediante el caos. Y así lo expuso, de modo explícito, con la mayor claridad:
“Considero
que sólo caóticamente se puede transformar a la universidad; es decir por
irrupción, por movimientos inesperados…Por el aleteo de una mariposa que
provoque un huracán, es decir por el planteamiento de ideas como las que se
están presentando en este foro que pueden generar los cambios que revuelvan a
la universidad”.
Con fuerza y
autoridad lo dijo; por cuanto, le confería a la Universidad un carácter de
sistema sensible, extraordinariamente dinámico.
No se constreñía para explayar lo que
consideraba justo y apropiado.
Rigoberto
abrigó, hasta sus últimos días, la aspiración a la Universidad transformada a
partir de la cotización que insurgiera de su interioridad; aunque produjera
resistencia de algunos y causara vértigos en otros.
En la medida
en que uno va leyendo y releyendo la prolija obra de Rigoberto, se le van
construyendo nuevas imágenes; renacen derivas de criterios y desafíos para
estructurar -por la vía del libre albedrío- categorías para intentar discernir
lo que había quedado a un costado del camino.
Basta leer y analizar
cualquier párrafo de alguno de sus textos para pesquisar su exclusiva densidad y
perspectiva:
“Las prácticas discursivas comienzan como información,
conocimiento, saberes y alocuciones. Estos momentos tienen sus propios
requerimientos cognitivos. Los saberes son constelaciones de conocimientos acotados
en un cierto tiempo, portados en determinadas prácticas, articulados a
configuraciones valóricas en atención a los contenidos históricos de cada
coyuntura. Estos saberes traducen casi siempre estrategias de poder cruzadas
por los intereses de actores sociales específicos”. (Las palabras no son
neutras. Glosario semiótico sobre la posmodernidad. Monte Ávila. Faces. UCV.
2005)
Rigoberto
supo atrincherarse de un pensamiento insondable y apropiado para la necesaria
confrontación intelectual, en estos tiempos de descalabros de “pisos sólidos”
(G. Vattimo) y valores inaugurados por el proyecto de la Modernidad ilustrada.
El maestro
Lanz nos recordaba, con insistencia como anécdota, que si acaso emergía alguna
filosofía seria en América Latina no nacería precisamente a partir de los
filósofos, sino por voluntad de los literatos.
Aún
escuchamos la constante prédica de Rigoberto ante las hipocresías (“babosadas”,
las llamaba) de quienes pretendían hacer saber que lo estaban cambiando todo.
“Es
preferible la restauración de un viejo pensamiento fundado en nuevo modo de
pensar que la fantasía de los nuevos pensamientos que ocultan la misma vieja
manera de pensar”
Eternamente
orgullosos de ti, Rigoberto; porque nos enseñaste a dudar hasta de lo que nos
enseñabas.