viernes, 8 de enero de 2021

 

 

 

Guayana Esequiba: litigio trascendente y dilemático

 

Dr. Abraham Gómez R.

Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua

Miembro del Instituto de Estudios de la Frontera Venezolana (IDEFV)

 

Hemos escuchado cualquier cantidad de opiniones, propuestas y conjeturas luego de la determinación sentencial de la Corte Internacional de Justicia (CIJ), en cuya dispositiva se asume con jurisdicción y competencia para conocer fondo y forma del caso controversial, suficientemente conocido, del nulo e írrito Laudo Arbitral de París del 03 de octubre de 1899.

El Alto Tribunal desestimó los otros tres elementos –que detallo de seguidas—los cuales se encontraban contenidos en la Pretensión Procesal del recurso interpuesto por Guyana: retirada del ejército venezolano de toda el área este de la Isla de Anacoco. Además, en el escrito, los coagentes de la Contraparte pedían que se impusiera una medida a Venezuela para que deje de “hostilizar” a las (39) empresas transnacionales que han estado esquilmando los incuantificables recursos de la Zona en Reclamación y su proyección atlántica; operaciones que efectúan en contravención al Acuerdo de Ginebra de 1966. Así también, habían   solicitado que la citada Autoridad internacional acordara restricciones a nuestro país, para que no “obstaculice” a la excolonia británica ninguno de sus proyectos económicos; aunque pretenden desarrollarlo en la zona objeto del litigio.

 La Corte, en la narrativa de los hechos y en la fundamentación de derecho, dejó sentado que esas “menudencias” se podían resolver por otras vías pacíficas, y no en ese Tribunal.

La CIJ consideró que su tarea jurisdiccional, en lo adelante, se circunscribirá a solicitar a las Partes a que presenten sus respectivos alegatos en cuanto a la eficacia jurídica del Laudo.

Nos están invitando (obligando) a mostrar y demostrar, con Comparecencia plena de nuestra representación, cómo fue que la cuestionada decisión arbitral de 1899 --poco menos que un adefesio jurídico, producto de añagazas y tratativas tramposas-- nos despojó con vileza de una séptima parte de nuestra geografía nacional.

 Quienes hemos estudiado este asunto por años sostenemos, de muchas maneras, que el mencionado Laudo es desmontable. Pero, estamos contestes que nos encontramos nada más y nada menos que ante un insalvable dilema.

La disyunción se planteará y sostendrá en estos términos: hasta dónde puede llegar a ser considerado el citado centenario documento con “carácter válido y vinculante”.

Podrá la delegación guyanesa convencer que la decisión arbitral de 1899 ha sido ejecutoriada por Venezuela, y recibir –eo ipso— la impronta de Cosa Juzgada, con los respectivos soportes impeditivos de impugnaciones. Por eso les digo, no es poca cosa tal desafío.

Estamos muñidos de los Justos Títulos, en tanto recursos probatorios de la propiedad y legitimidad histórica, jurídica, cartográfica de Venezuela. No hay nada que temer; dado que los documentos que nos respaldan no son expedientes con presunciones caprichosas, empecinamientos de malcriadez. Son legajos iuris et de iure.

 

Expresamos absoluta coincidencia con quienes han expuesto que las sentencias de la Corte deben ser acatadas, inclusive así el veredicto no haya sido del todo favorable para alguna de las Partes en la controversia. Lo decimos más claro aún, con el artículo (60) del Estatuto de la Corte: “el fallo será definitivo e inapelable. En caso de desacuerdo sobre el sentido o el alcance del fallo, la Corte lo interpretará a solicitud de cualquiera de las partes”.  Vamos a prepararnos por lo que vendrá muy pronto.

Si ya el litigio tomó el rumbo y calificación que la propia Corte le confirió, qué nos queda entonces, sino   apertrecharnos con nuestros recursos históricos para exponerlos con justeza en la debida ocasión ante la entidad juzgadora.

Invitamos a nuestra Cancillería para que haga la debida examinación de los hechos y todo lo que consecuentemente devino a partir del 18 del mes pasado en La Haya.

¿Por qué lo manifestamos, casi como clamor generalizado escuchado en muchas partes?

Veamos: es verdad que nuestro país había invocado siempre el Acto procesal de No Comparecencia; por cuanto, no le reconocíamos Jurisdicción a la Corte, como instancia idónea para dirimir la controversia; y menos conocer forma y fondo de este asunto, pero la realidad ha cambiado inmensamente, tras la sentencia que estamos comentando.

Frente al panorama que nos anuncian (y acecha) hay que actuar con inteligencia.

Prestemos atención a lo siguiente: cumplida la etapa preliminar y habiéndose evaluado la primera decisión de la Corte, por rara que nos haya parecido, nos corresponde reflexionar lo que debemos hacer en las fases sucesivas, siempre como Política de Estado.

Los propósitos en la Política Exterior de Venezuela, por la reclamación de la Guayana Esequiba, tienen que seguir con seriedad y al amparo de una iniciativa con las características que describen la fortaleza de una diplomacia abierta, para que avance de manera franca a los ojos de la opinión pública. Que la gente participe y dé sus consideraciones; por eso me atrevo a proponer que se someta a Referendo Consultivo ante el país (artículo 73 de la Constitución Nacional) la posible comparecencia de nuestros agentes en las próximas sesiones de la Corte Internacional de Justicia; considerando que es una materia de especial trascendencia para la vida y futuro de la Nación.

A partir de un Referendo  el pueblo venezolano se expresará libremente y dirá si está de acuerdo que vayamos a la sede del Alto Tribunal donde se dirime nuestra contención y hagamos las alegaciones   que en justicia  nos asisten.

domingo, 3 de enero de 2021

 

 

        La lexicografía de la Deltanidad goza de buena salud

 

Dr. Abraham Gómez R.

Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua

Miembro del Instituto de Estudios de la Frontera Venezolana (IDEFV)

 

Ya se ha vuelto una agradable costumbre expresiva mencionar en todas partes la Deltanidad como vocablo común y legítimo para quienes llevamos acendrada nuestra región.

 Igualmente nos place bastante que compatriotas del resto de Venezuela, al momento de referirse a este pedazo de tierra que nos dimos para vivir, pronuncien con natural acento la categoría Deltanidad.

Por lo pronto diremos, por encontrarse el término en indetenible proceso de construcción, que la Deltanidad la hemos venido asimilando y definiendo como un concepto superior; que está adquiriendo, en sí mismo, hermosas claves narrativas que develan y proporcionan en permanente síntesis las múltiples manifestaciones existenciales de los deltanos.

La Deltanidad expone la completitud identitaria como nos damos a conocer.

Digamos, además, que al mencionar Deltanidad se devela un hermoso “tejido de piel social “que impronta con espontaneidad nuestras valoraciones, motivaciones, costumbres, conocimientos, emociones, sensibilidades, mitos, ritos, triunfos y desaciertos.

En resumen, la Deltanidad concita las respectivas vivencias, sin eludir que también atravesamos carencias.

A partir de la Deltanidad nos hemos permitido enhebrar nuestras especificidades culturales.

Hay una efervescente imantación colectiva, inexplicable. Una natural magia telúrica que dimana con el propósito de entrelazarnos con hilos de emoción.

 El Delta del Orinoco se lleva, a cualquier parte del mundo, en el corazón.

Cada vez aflora un caudal inagotable y una riqueza estructurante, en todo el Delta, de un modo particular de ser y decir. Demostraciones propias de nuestra realidad en este espacio humano de Venezuela.

No somos, tampoco, la excepción. Hacemos la pertinente advertencia que la concreta manera de significar las cosas en sus actos de habla también vale para cualquier espacio o comunidad.

Sépase que del mismo modo afloran interesantes --y suficientemente estudiadas-- las formas lexicales en muchos contextos culturales, regiones y ciudades de Venezuela; porque, el léxico no es un elemento estático, inamovible o impenetrable por otras corrientes o ajeno a la copresencia de términos que irrumpen, desplazan a otros con fuerza para labrarse un sitio idiomático ( o dialectal) y asentarse, por algún tiempo.

Hemos disfrutado en nuestro regionalismo deltano de un bagaje geolectal en incesante crecimiento.

 Gracias a la marcada influencia – y cruce vocabular --   de guaraos, esequibanos, margariteños, guayacitanos, sucrenses, trinitarios, árabes, europeos entre otras comunidades de hablantes se nos ha ido ensanchando el piso léxico semántico de la Deltanidad.

Ha sido suficientemente estudiado todo cuanto hace posible ese exquisito cultivo de relaciones sociales, afectivas y geográficas.

Se le denomina geolecto a ese mundo de vida, a través del cual se adquiere e introyecta    la lengua natural para los hablantes de ese lugar; para nutrir su registro de uso común de palabras.

Luce apreciable que, en cada uno de los ámbitos profesionales, o bajo cualquiera otra circunstancia, donde a un deltano le ha correspondido desempeñarse fuera de nuestra región, pone de manifiesto una serie de rasgos lingüísticos usados y valorados en nuestra específica comunidad de hablantes.

A manera de ejemplo, leamos y disfrutemos este trazo escritural, contenido en la obra “La Sirena de Pedernales”, de nuestro insigne d. José Balza, Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua:

“llamar a esto solo una boca, cuando el rio se abre hacia Pedernales y hacia Buja y cuando uno no tarda en costear la ruta de Wina Morena, que locura. ¡Pocas veces el río es tantos ríos revueltos como ahora!” Así pensó el negro Matías Maguilbray, imaginando a Francisco Gibory tranquilazo en su casa…En Pedernales lo espera Cara é Palo, ese amigo bromista y trabajador…El ruido del motor es un débil quejido. Los relámpagos acentúan la oscuridad. Algo le dice que está en el centro, capeando los mosures, el violeta engañoso de los troncos y las flores flotantes. Al comienzo el viento lo ayuda, abriendo grietas, dentro del aguacero…”

Apreciemos, también, la densidad crítica y pedagógica, en el hermoso texto “Guarao versus Wáraw”, del misionero y escritor d. Julio Lavandero Pérez (+): “Resulta que últimamente a nosotros nos ha entrado el furor de un falso cultismo o un imperdonable complejo de culpabilidad y nos ponemos a escribir Warao, Wayo y Arawaimujo. A quienes utilizamos nuestro idioma guarao, como cultura, idiosincrasia e identidad propia nos duele hondamente; porque en el alfabeto de estos aborígenes, pobladores ancestrales no existe la letra w, es sólo una abstracción gramatical; y yo no estoy pontificando, desde un conocimiento especulativo fonético.”

 Los vocablos una vez que se hacen cotidianos en el uso y acervo popular son asimilados y recopilados en los diccionarios de regionalismos o contrastativos; es decir, acopiados en unos inventarios de léxicos, propensos a constante actualización y comparaciones entre regiones.

Por eso queda plenamente justificado el hecho que la manera de expresarnos los deltanos nacidos y asimilados, no constituye, para nada, algo peyorativo o extravagante.

Una ilimitada dimensión de nuestra identidad regional queda plasmada en los contenidos de la arraigada popularidad que tiene la décima, como tercer género literario de la poesía, múltiple en sus diversas temáticas reforzadora de la Deltanidad.

 

“Maraisa, mi buen compay

vamos a hacer un sancocho,                                           

enverdurao con topocho

del conuco e´ la comay.

Pal truco unas cartas hay

y así algo nos tomamo,

y jugando recordamo

nuestra esencia pueblerina,

con la magia campesina

ribereña del Manamo”.

                             Autor: Elio Zamora

 

 

“Este canto alegre traje

al indígena guarao

y a ellos entusiasmao

quiero rendir homenaje.

Cantaré en su lenguaje:

Gima le dicen al hacha,

 babemura es cucaracha,

omunamu es el zapato,

jojuroko es el plato,

iboma es la muchacha”

                            Autor: Alfredo Zambrano

 

 

“Personajes del ayer,

que engrandecieron al Delta,

el cielo les abrió las puertas,

y empiezo por Ismael,

amante de su pincel,

 la espátula y acuarela,

artista de mucha escuela;

 hoy todos están en la gloria.

 ¡Qué viva la gran historia, 

del Delta y de Venezuela!

 

Abriendo este escenario,

nombro a Machelo Marín,

creador del tamborín,

y de la loca Agustina,

quien con cuatro y mandolina,

se daba su gran postín.

 

Igual fue Pedo zambrano,

cantautor, muy talentoso;

 Emilio Guerra, el chistoso,

 trompeta humana deltano.

 Chury Jaramillo hermano.

 Soto y Wilmer castillo;

Oscar Guerra hombre sencillo;

al igual Wilmer Tirado.

 Todos se nos han marchado,

 y aquí dejaron su brillo.

                           Autor: Pedro Mendoza

 

Difícilmente alguien que no haya nacido o vivido en el Delta del Orinoco podrá conseguir significados o referentes inmediatos de algunos vocablos del breve párrafo siguiente: “El Maraisa, con su cachimbo, canaletea en el balajú, con una chorrera de jabaos, entre Guara y Macareo. Aunque el agua, con mucha bora, le llega hasta los ñeques no teme a las marejadas; él dice que tiene añacatales patroleando; por eso, muy extraño resultará que se trambuque. Marcos Bello lo invitó a que caminara el pueblo; porque estaba más pegao a su bodega que Concho y Vitorino.

Apenas lleva a bordo una guitarrilla, yuruma, sumbí secaíto de la macolla, una bola pisada, un tamborín y un pedazo de cagalera.

Tienen pensado saltar a un costo alto, guachapiar un monte, para montar el canarín sobre tres topias y cocinar churrunchos, pechitos y domplinas, sin mucha humatana. Uno de los carajitos, que a veces se pone carratatero, iba más contento que picao de raya, porque llevaba un volador y tetas.

Le escuchamos decir al despedirse de la gentará que promete regresar por la “ramfla” de Pueblo Ajuro, cerquita de Las Juajuas, a tiempo para besar la mano; esperar a otro hijo que hoy lo sueltan temprano, y moverse en el cambulé, aunque sea guaraliao; pero pendiente porque a veces allí se arman unas chismeras”.