martes, 19 de junio de 2012


LA  LÒGICA ESTRÀBICA DEL RÈGIMEN
                                                                                 Dr. Abraham Gómez  R.
                                                                                                                           abrahamgom@gmail.com

Mientras el planeta vive una relativa época de expansión
y prosperidad, nuestro país se empobrece continua y
aceleradamente. Nos hemos quedado atrás no sólo
en comparación con las naciones más desarrolladas,
sino también en relación a países de Asia y de América latina,
a los cuales les llevábamos considerable ventaja hasta hace apenas veinte años.
Todo parece indicar que caminamos en dirección opuesta al mundo y a la historia.
Gerver Torres. Un sueño para Venezuela. ¿Cómo hacerlo realidad? 2000

Cada vez se agranda nuestra fundamentada percepción que quienes deciden los diseños y puestas en ejecución de las políticas públicas viven en extraviados escenarios. Ellos acusan un incurable estrabismo, y lo que es peor: con tal óptica aspiran que las realidades del país se adapten a su modo de ver, mirar y determinar destinos. Que las cosas adquieran los significados que intentan imponer y no los que realmente tienen. No se necesita ser muy inteligente o poseer virtudes adivinatorias para convencernos y exteriorizar, para que se anulen o corrijan, que en casi todo lo que han hecho o se proponen se develan inaceptables cúmulos de desaciertos. Ni siquiera la ruta de la lógica dialéctica los favorece, que es como dejar que afloren las contradicciones, y producto de éstas obtener una síntesis de las soluciones  que son tan válidas como otras. Hasta para apelar a la dialéctica son torpes. Mientras actúen con soberbias, autosuficiencias y arrogancias nunca conseguirán la vía expedita para devolver a la nación las satisfactorias soluciones a los reclamos por la inmensa problemática que nos flagela constantemente. Pongamos atención a lo siguiente: en el mundo fluye en la actualidad una indetenible intercomunicación en todas las áreas, ámbitos. Quizás lo más inimaginable adquiere sentido hoy mediante la interconexión planetaria (¿globalización?, tal vez), pero frente a un fenómeno que se está viviendo con tanta eclosión, que se ha venido mundializando, que se escapa del control de los Estados hay que repotenciar el talento con la finalidad de entrarle a esto, sin aislamientos injustificados. Constituye una imbecilidad abandonar el concierto de la comunidad internacional. Ningún país avanza a contrapelo de los inevadibles tejidos interestatales que hoy le  sirven de plataforma a la humanidad. Recibimos la calificación, en estos momentos, de un Estado cuyo curso de acción va en línea contraria a la corriente que el derecho internacional público consagra; de allí a ganarnos la condición de forajido sólo hay un paso. Mientras otros adelantan y procuran insertarse en esquemas superiores de intercambios de todo tipo, los detentadores del poder local creen que conviene más encriptarse. Qué otro diagnóstico se le puede dar sino el de una “visión incorrecta que afecta adversamente la percepción de la profundidad”. En definitiva, se vienen cultivando alineamientos estructurales anómalos que vulneran de manera severa la perspectiva de país que jamás debe dejarse a un costado para privilegiar la integración a grupos cuestionados por narcoterroristas, o para alimentar caprichos ideológicos. Así también, tal reduccionismo queda patentizado en los aspectos económicos. Grave error estratégico de desarrollo nacional lo expone el hecho de  limitar el consumo interno, casi exclusivamente, a las importaciones en altísimas proporciones dinerarias sin que se vislumbren alternativas confiables y sustentables  para las necesarias y oportunas sustituciones. Las iniciativas programáticas con las que quisieron impulsar la  propia sostenibilidad de nuestra economía devinieron en risibles caricaturas. Contrario a lo que antes se había propalado con orgullo “el petróleo es de Venezuela”, ahora exclamamos  “Venezuela es del petróleo”. Somos hoy un Estado-nación bastante más dependiente del recurso fósil que no hemos podido controlar desde aquel accidente geológico de comienzos del siglo pasado. No basta la intención, por muy elogiable que parezca, para superar los escollos que se nos presenten en el país si persisten casi como política de Estado los provocados desencuentros que marcan  irrestañables rupturas en la sociedad. Pareciera que hay sectores que se regustan con las divisiones. Cada día estamos más convencidos que es a través de la educación como podemos  avenir mecanismos idóneos que nos posibiliten las  soluciones al mar de cosas que padecemos. Sí, ciertamente, desde la educación para aliviar los asuntos de nuestra sociedad, para demostrar la fortaleza  impositiva que le es inherente por encima de la genética social. La clave corresponde, en efecto a lo que ha venido sosteniendo el maestro estadounidense Henry Giroux “los educadores se encuentran en una encrucijada ideológica en cuanto a las responsabilidades cívicas y políticas que asumen al considerarse no sólo profesorado crítico comprometido sino teórico cultural…la educación pública tiene que adoptar enclaves de deliberación y resistencia dentro y fuera de la escolaridad institucional, para que no se contemple la democracia como algo que sobra, sino como algo imprescindible para el mismo proceso de aprendizaje”. En torno a ello, entonces diremos que es una abominación insistir en un  pensamiento único direccionado a preservar una exclusiva parcela de poder. Como también se hace deleznable la vil utilización de los procesos educativos para inocular sibilinamente  determinados contenidos ideologizantes.

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