Guayana
Esequiba: siempre hemos tenido cómo y con qué comparecer ante la Corte
Dr. Abraham
Gómez R.
Miembro
de la Academia Venezolana de la Lengua
Asesor
de la Fundación Venezuela Esequiba
Miembro
del Instituto de Estudios Fronterizos de Venezuela
Coordinador
de la Comisión proponente de la UNAFRONT
Todavía se les exige a algunos Estados (por
supuesto, a los más débiles) que deban someterse a un orden normativo,
obligatorio y coercitivo que se consagra en el Derecho Internacional Público.
Recordamos con nostalgia que, hasta no hace
mucho, la sola mención – aunque someramente- de las disposiciones contenidas en
las normas del Derecho Internacional (mayúsculas adrede, todavía) bastaba para
emocionarse al pronunciar sus principios y/o apelar a sus jurisprudencias.
Documentarse con base a tales contenidos doctrinales
constituían experiencias hermosas.
El Derecho Internacional comportaba, en sí mismo,
uno de los ejes temáticos que desplegaba apasionadas y productivas discusiones
para nutrir y fortalecer – al propio tiempo—a las particulares soberanías nacionales[U1] .
Lo que deseo poner de relieve es que la opción de
apelar a la vía judicial para resolver un pleito interestatal está tomando -hoy
en día- un papel menos importante como solía tener en los siglos pasados; por
cuanto, han surgido otros medios alternativos para resolver los conflictos.
Es importante destacar que la cultura de la paz,
de la negociación directa de las partes en controversia; de la mediación y la
conciliación, se han venido imponiendo sobre un litigio con su despliegue
jurisdiccional; teniéndose esta última como una “subcultura”.
¿Entonces, cómo hacemos para alcanzar una
resolución satisfactoria, sin que incomodemos susceptibilidades o contrariemos
la norma Internacional?
La brevísima reflexión y descripción anterior
viene a propósito de la justa y centenaria reclamación que ha hecho Venezuela
de la séptima parte de su extensión territorial, que le desgajaron con
artimañas y vilezas.
Las posibles salidas para una solución planteadas por nuestro país fueron
saboteadas por ingleses y guyaneses; porque saben que poseemos los Justos Títulos
Traslaticios para probar en toda instancia y momento.
Algunas veces, quisimos decidirnos por la alternativa
voluntarista; y conseguimos resistencias en la comunidad internacional, con
discursos conminativos a respetar las normas.
En otras ocasiones, invitamos a la contraparte
(Reino Unido y su colonia Guayana Británica) a consensuarnos para solucionar
–definitivamente—el despojo que nos habían perpetrado.
¿Qué ha sido lo más importante y trascendente que
alcanzamos a consolidar con esa salida de autocomposición?
Logramos – luego de extenuantes jornadas de
análisis y discusiones— negociar, suscribir y ratificar el Acuerdo de Ginebra,
el 17 de febrero de 1966; documento que posee pleno vigor jurídico; el cual en
su debida oportunidad fue consignado en la Organización de la Naciones Unidas,
donde causó estado; es decir, su contenido ha resultado inalterable, y jamás ha
sido atacado o recurrido.
No se trata de una simple ilusión; sino de una
determinación histórica con fundamento; de lo cual se encuentra enterada la contraparte
que, por supuesto, conoce que somos poseedores de los documentos que nos
acreditan el dominio absoluto sobre la extensión territorial que han venido
ocupando y usufructuando ilegal e ilegítimamente.
Aunque algunos sujetos internacionales y países
(hasta ayer amigos de Venezuela) se pronuncien en respaldo a Guyana --por
marcados intereses económicos, sin dudas-- nuestra contención siempre ha tenido
suficiente asidero jurídico, cartográfico e histórico y la fortaleza moral de
saber que no estamos cometiendo ningún acto de deshonestidad contra nadie.
Recíprocamente, hemos valorado bastantes conjeturas
con gente pensante que ha dedicado mucho tiempo a este asunto.
Reconocemos que también hay compatriotas quienes
andan por ahí sin prestarle ningún cuidado a nuestra reclamación – no han
manifestado el más mínimo interés en el tema-; cuya actitud es de los que
únicamente ven transcurrir las cosas con indiferencia o displicencia. No hay
forma ni manera de motivarlos. Peor aún, prefieren que sea el gobierno que
busque cómo salir de este embrollo fronterizo. Les resbala lo que pudiera
suceder.
Otros que se encuentran demasiados imbuidos de
pesimismo; y creen que en el supuesto de que Venezuela decida comparecer
nuevamente por ante la Corte Internacional de Justicia nuestra nación no
obtendría una sentencia satisfactoria en la mencionada Sala Juzgadora. Allá
ellos con su incurable derrotismo.
Con todos los especialistas en esta contención
--con quienes hemos intercambiado criterios de los probables acontecimientos
subsiguientes-- coincidimos en señalar que hay que reflexionar “en frío” la próxima
comparecencia de Venezuela ante la Corte.
Hay que
dejarse de “actitudes retrecheras o
soberbias”; por cuanto, poseemos una irrebatible alforja de probanza.
Una breve sugerencia para los delegados del
oficialismo, responsabilizados para este delicado caso litigioso.
Hoy más que nunca, deben obligarse (y abrirse) a
consultar a expertos y estudiosos para concordar la más idónea y conveniente
posición estratégica que asumirá el Estado venezolano.
Es un asunto de Estado, no de gobiernos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario