Un río que bifurca sus incontables anotaciones
a pie de página
Dr. Abraham Gómez R.
Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua
abrahamgom@gmail.com
Leer no es sólo consumir signos
lingüísticos sino crear, elucidar, proponer, recomponer; y a menudo, somos los
lectores quienes les revelamos a los autores qué fue lo que en realidad
escribieron.
Porque, aunque no toda lámpara tiene
su genio, de lo que si estamos seguros es que lo que brota también depende del
espíritu, la mentalidad y las sensibilidades de quien frota la lámpara; de
quienes nos adentramos en los lugares recónditos y las intencionalidades que
habitan en cada palabra escogida para que diga algo.
Cuando nos disponemos a leer, a “frotar
la lámpara” para desafiar al genio, abandonamos la multiplicidad de
inquietudes de la mente y accedemos a concentrarnos, a seguir el curso de una
idea, de una argumentación; a confrontarla con nuestras propias
consideraciones.
El contexto sociocultural originario
del escritor constituye -precisamente- una de las mayores consideraciones para
interpretar a quien dedica su vida a entregar en palabras, ideas, párrafos sus
relatos existenciales; cuya constelación de saberes únicamente adquiere de suyo
sentido, proyección e intencionalidad a la luz de sólidos soportes culturales.
Lo que hemos sido y vamos siendo se
lo debemos a la matriz epistémica que rige nuestro trasfondo vivencial;
ese mundo de vida que ha nutrido el modo de conocer individual y socialmente.
Que a cada quien le impronta su singularidad, su estilo para simbolizar y decir
con palabras las realidades.
Entonces comporta un desafío y nos
obliga a pesquisarla en todo cuanto define su modo de ser, su alforja de
imaginarios y sensibilidades.
Hay una indesligable simbiosis entre su
vida y su narratología.
Nos atrevemos a señalar que nuestro
afamado escritor Humberto Mata, por lo menos físicamente, no pudo visualizar
nuestra inmensa geoespacialidad deltaica. los innumerables y vastosísimos caños de nuestro Delta
del Orinoco.
Emprendimiento imposible.
Porque los deltas nunca terminan de
hacerse.
Cada día aflora, con los aluviones
deltaicos, una posibilidad de ser.
En el extenso espacio Delta del
Orinoco, a decir verdad, el escenario natural que hoy deslumbra por su belleza,
mañana se transforma en algo, quizás mucho más maravilloso. Y así va siendo y
haciéndose constante y sostenidamente.
Se dibuja un tejido de sueños
interminables que nos apasionan.
Sabemos que todo este andamiaje, de caños enrevesados,
nos confiere idiosincrasia y suficiente piso identitario; además, refuerza la creación socio lingüística de la categoría
existencial que denominamos Deltanidad.
Deltanidad que implica meternos en la
piel nuestras valoraciones, motivaciones, acendradas y comunes costumbres,
conocimientos, emociones, sensibilidades, mitos, ritos, triunfos y desaciertos.
Enhebrar nuestras especificidades
ónticas y culturales, con las respectivas vivencias; sin eludir que también
atravesamos carencias.
Tal epistémica le confirió suficiente
fortaleza a la cuentística del deltano Humberto Mata, quien lo dejó sentado -
en más de una ocasión- con una amplia y hermosa expresión:
“El Delta Amacuro es el centro de
mi vida. No sé si para todo el que nace en un sitio ese es el centro de su
vida. Para mí todo lo que me pasa me pasa alrededor del Delta, o más bien desde
allí. Aunque esté en Caracas, Nueva York, México, o en cualquier otra ciudad,
todo me pasa en esas tierras. No obstante, esto no tiene nada que ver con algún
tipo de regionalismo. Más bien, hablo de un lugar esencial. Es decir, un Delta
universal, que es un todo. Bueno, para quien lo conoce, o sabe de él, son todos
los caños habidos y por haber, y quizás allí está mi posibilidad como narrador
para meterme en cada uno de esos laberintos”.
El idéntico Delta que le ofrece
suficiente apoyatura al discurso literario de José Balza.
Ese mundo-de-vida, que
pesquisamos a lo largo de los ejercicios narrativos balzianos, que nos lo
sintetiza en el aserto que sigue:
“Pude
haber sido otro niño, pero había una energía vital que se ubicaba en mí; yo era
testigo privilegiado de aquel mundo: agua, cielo inmenso, la vasta selva,
montañas, lo que me hizo atrapar la realidad y convertirla en palabras.”
La influencia de la Deltanidad que
hasta nos impone la manera de hacer construcciones sígnicas de las cosas; de
denominarlas de un modo muy nuestro; con lo cual le insuflamos vida a cada acto
de habla a nuestro geolecto.
Diremos que se trata de un
extraordinario fenómeno recurrente, a través de las generaciones. Una
indetenible búsqueda de conocimientos.
En la vida de los seres humanos hay
una constante incitación.
Los lectores aprehendemos
escurridizas lúdicas en cada texto de nuestro Humberto Mata, siempre
revisitado.
Acaso constituya una hermosa estrategia, de su
parte, que incita a darle completitud a las ideas que apenas insinúa.
“Creo que todos mis cuentos, o todo lo
que yo he escrito, provienen de mi infancia, de la experiencia exacta de ella.
Incluso los relatos que, en apariencia, no pertenecen a ese mundo. Eso es el
agua, es el Delta, es el río. Es más, para el que escribe la literatura es la
vida y la gran satisfacción es esta, cuando hago literatura de alguna manera me
estoy haciendo la vida. Aunque, claro, no llego al extremo borgeano de pensar
que toda la vida es la literatura. Fuera de la literatura hay muchísima vida. Pero
el que es escritor hace de eso un material para componer lo que realiza”.
Reforzamos lo anteriormente descrito
- en purísima verdad- afianzados en los
intersticios de los cuentos del laureado Humberto Mata, maestro contemporáneo
de nuestro idioma.
Nos atrevemos a exponer (luego de
leerlo y releerlo) que la textura y complejidad de su estilística en los
cuentos que nos entregó están por encima sus propios relatos.