sábado, 21 de noviembre de 2020

 

 

 

 De nuevo tu rostro

 

Quiero apreciarlo sin ocultamientos,

más allá del pánico que asusta;

permite que me acerque a tu explayada sonrisa,

sin nada que acorte sentimientos.

 Cuánto deseo tener tu faz a la vista,

con la bella decisión que nuestro impulso atiza.

 

Entonces nos diremos: cuándo será el tiempo,

de descubrir y vernos, de hilvanar los preteridos sueños:

para enjugar lágrimas y remotos recuerdos.

Anhelo ver tu rostro patentizado y eterno.

 

Dejemos a un lado, con desdén y descuido,

todo lo que hizo sucumbir y nublar nuestras voces.

El pedazo de tela que ahogó el respiro,

que atrapó la expresión y la mantuvo encriptada

para que no dijera nada, para que no produjera ruidos.

 

Acaso, será tarde el día

 para despojarnos de las mascarillas;

y gritar bien alto lo que todos sabían: que en nuestros corazones también nacen flores;

que nos deslumbran los risueños parajes,

con el resplandeciente sol, que se asoma y brilla;

que hemos dejado, al fin, muy lejos los rancios rencores;

porque nuestra hermosa existencia se hizo para vivirla.

 

 Dr. Abraham Gómez R.

Tucupita. Delta del Orinoco

24 de julio de 2020

domingo, 15 de noviembre de 2020

 

 

 

 

La exclusión a la mujer no se cura con arrobas.

Dr. Abraham Gómez R.                                                                                                                                                  

Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua

abrahamgom@gmail.com

Se ha vuelto indetenible la presencia de la mujer en las más disímiles disciplinas y áreas de conocimientos.

 Las mujeres han venido asumiendo elogiosas responsabilidades, con fundamentación y sostenibilidad. Ellas cultivan la superación con sus propios méritos.

En bastantes partes del mundo se adelanta una especie de “excavación en la historia”, un asunto casi de “arqueología social” con el fin de encontrar mujeres valiosas, de extraer sus palabras y sus obras. Para que ellas digan, en la contemporaneidad, lo que intentaron decir y no pudieron. Para que sus voces sean escuchadas, ahora y para siempre. Para hacer presentables sus obras, para rescatarlas de las olvidadas fosas del tiempo.

 Es un trabajo apasionante, que nos propusimos hace muchos años. Lo hemos ejercido desde todos los ámbitos posibles. Es una auténtica y palpitante genealogía solidaria, impregnada de razón y emoción.

¿Qué nos hemos conseguido, a lo largo de todo ese trayecto? Que, ciertamente, todavía hay odiosos resabios de androcentrismo en las sociedades; que   creen y presuponen que en torno a lo masculino deben determinarse todas las cosas.

Digamos también que, al momento de escribir sobre el hermoso e interesante trabajo de las mujeres, muchos intelectuales emplean suficientes estrategias de atenuación discursiva que persiguen minimizar el contenido de sus obras, cuando los temas se refieran al género femenino. Son intelectuales deshonestos, cobardes e hipócritas.

Es verdad que cuando una sociedad se encuentra masculinizada, entonces hace usos excesivos de los diminutivos -- como instrumentos lingüísticos--, para darle opacidad a las realidades de las mujeres.

Prestemos mucha atención a lo siguiente: el género gramatical atiende a estructuras complejas morfo-sintácticas concordantes, cuya intención persigue darle exquisitez, economía y transparencia al texto-discurso; así como también, al orden sintagmático que deben seguir las palabras; por lo que debemos evitar caer en la trampa de apelar a las dobles, innecesarias y redundantes consideraciones al momento de mencionar lo masculino y lo femenino.

No hacemos inclusión de lo femenino en la sociedad, ni reivindicamos a la mujer con sólo decir: muchachas y muchachos, ellas y ellos, todas y todos o poniendo arrobas (@) en los escritos para abarcar ambos géneros de una sola vez.

El símbolo arroba no tiene un origen determinado; sin embargo, se cree que este término deriva del árabe ar-rub, que significa cuarta parte; ya que, aproximadamente, durante el siglo XVI se empleaba como medida de peso y volumen de la mercancía tanto sólida como líquida. Cuatro arrobas formaban una unidad mayor conocida como quintal.

la Real Academia Española no aprueba el uso del símbolo arroba para referirse a la forma femenina y masculina de algunas palabras como, por ejemplo, tod@s, hij@s, chic@s, con el fin de evitar un uso sexista del lenguaje o ahorrar tiempo en la escritura de palabras.

En el castellano-español basta que usted señale únicamente un sustantivo con el cual abarcará tanto lo masculino como lo femenino, si tal vocablo varía, en su flexión de género, sólo en las letras (a) (o).

Por ejemplo: Si dice diputados y niños (allí están contenidas también las diputadas y las niñas); pero si dice hombres debe mencionar mujeres; si expresa caballeros, también debe mencionar damas.

Muchas veces por pretender izar falsos feminismos del tipo: participantes y participantas, concejales y concejalas, alférez y alfereza, oficinistas y oficinistos, camaradas y camarados, asistentes y asistentas, y por esa ruta distorsionada y ridícula se termina por ofender o poner en entredicho el verdadero valor de las mujeres en nuestra sociedad.

Menos con la grafía de @, cuya   intención busca abarcar ambos géneros. Sepa que   la @ carece de fonética distintiva; entonces al pronunciarla surge la obligación de caer en el desdoblamiento de lo femenino y masculino. Por ejemplo, si alguien, por dársela de inclusivo, tuviera el atrevimiento de escribir l@s periodist@s, no tendrá otro imbécil resultado que, al mencionar a tales profesionales, deba decir: las periodistas y los periodistos. Tamaña e inaceptable ridiculez.

Una solución que, por intentar fomentar la economía del lenguaje —decir más con menos palabras— da lugar a todo lo contrario.

 La arroba es un símbolo, no un signo lingüístico.

 En esta compleja situación, hemos escuchado, en encendidos discursos a los “falsos inclusivistas”, exponer a manera de justificación: “nuestros alegatos van en favor de la igualdad, la visibilidad y el lenguaje inclusivo”.

Lo que debe quedar claro es que no debemos pedirles a las construcciones gramaticales que reivindiquen lo que muchas sociedades, enteramente masculinizadas, excluyen en los actos de habla, en la vida diaria, con las simbologías y en los desenvolvimientos prácticos cotidianos,

¿Acaso se siente la mujer excluida o discriminada al no ver referido su género a través de una arroba, que suponen los proponentes que la visualiza y la reivindica socio históricamente?

Podemos expresar, una y otra vez, las mismas y decididas respuestas a la anterior pregunta: los abusos en los desdoblamientos referidos al género gramatical son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico.

 

miércoles, 11 de noviembre de 2020

 

 

 

Ginecocidio: abominación sin maquillaje

Dr. Abraham Gómez R.

Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua

abrahamgom@gmail.com

 

 Hemos sostenido, desde hace varios años, una terca insistencia para precisar un calificativo con las letras exactas. Un vocablo que coopere en la búsqueda del significado y en la construcción de la palabra que con justeza corresponda para dar cuenta, más justicieramente, del hecho criminal cuando se acaba con la vida de una mujer.

Nuestro trabajo lo hemos llevado, en la medida de mis posibilidades, a algunos escenarios donde se debate, de modo acalorado, este tópico álgido y delicado.

Precisamente, al momento de asumir la condición de miembro de   la Academia Venezolana de la Lengua conseguí exponer en mi discurso de incorporación la señalada inquietud, la cual tuvo la receptividad que nos satisfizo profundamente. En tal ocasión, dije: “…Las mujeres requieren de nosotros una muy merecida nueva mirada sociohistórica. En el presente siglo, que es el de las mujeres, contribuyamos, junto a ellas, a la absoluta erradicación de la falacia ideológica que pretende posicionar   la supuesta inferioridad de la mujer. Desmitifiquemos los tejidos narrativos que persiguen instalar en la mujer una especie de natural sometimiento. La mujer hizo suyo los principales factores conducentes a movilidad social, de superación meritoria, de desenvolvimientos y actuaciones basados en talentos y probidad…”

A partir de la solicitud que introduje en la Real Academia Española para que fuera estudiado y analizado el neologismo Ginecocidio; les confieso que no me he quedado quieto, ni un instante, en lo ateniente a esta problematización social. Menos aún, cuando percibimos que se incrementan los crímenes contra las mujeres.

Me he visto en la obligación de desarrollar algunas investigaciones morfosintácticas y léxico-semánticas. Trabajo documental que me agrada enormemente; porque estoy consciente del aporte significativo que doy para la reivindicación de la mujer, como ser humano, en estos tiempos contemporáneos de acechanzas e injusticias por todas partes.

 

Cada vez que puedo, digo sin remilgo que el vocablo femicidio, a mi modo de ver, resulta injusto socialmente, desconsiderado biológicamente y tramposo lingüísticamente. Así lo he venido exponiendo en cualquier sitio y escrito.

Por lo que resulta inapropiado y desacertado, por parte de los medios de comunicación social y de quien haga uso del mismo, seguirlo vociferando; para decir que se perpetró un feminicidio o femicidio, al momento de dar a conocer que se liquidó la vida de una mujer. Es injusto e inhumano.

Cuál es el interés de esconder; de seguir maquillando la realidad. Por qué no exponer con transparencia que se cometió un crimen horrendo contra un ser humano, mujer. Dígase, sin tapujos, que hubo un Ginecocidio. Deploramos que   tal aberración continúe dándose a conocer a través de un inaceptable eufemismo: femicidio o feminicidio. No, hubo un crimen contra una mujer, hubo un Ginecocidio.

En las estadísticas de sucesos criminales que llevan los cuerpos de seguridad del Estado y --más vergonzoso aún-- algunas Organizaciones no Gubernamentales, cuando se enteran que mataron a una mujer lo registran como feminicidio o femicidio; y con esa práctica no hacen sino   ponerle cosmética al gravoso asunto, para que la opinión pública quede enterada. Y todo, al parecer, acaba allí.

Tamaña desconsideración, irrespeto y exclusión para un ser humano. Absolutamente inadmisible, ni ayer y mucho menos ahora.

He justificado argumentativamente e insistido ante la (RAE) que hay una trampa léxico-semántica urdida en la construcción y significado del término femicidio; con el cual se ha pretendido atenuar y ocultar lingüísticamente la verdad.

En el escrito que consignamos, hace dos años, ante la Real Academia Española – que fue admitido y referido a su sala de observación-- sostenemos que es un desacierto lingüístico expresar femicidio para hacer saber que se comete “homicidio” contra la mujer. Esta escogencia terminológica nos luce impropia. Les digo porqué. Por cuanto, un homicidio se comete contra un hombre. Así entonces, aniquilar físicamente a una mujer no puede ser homicidio, sino Ginecocidio; del griego: Gyné, Gynaikos, Gineco que denota con exactitud: mujer. Más el sufijo –cidio, cid, que se forma por apofonía de caedere: matar, cortar.

De cualquier forma, no basta buscar otra palabra; no es sólo denominar de otra manera esta desviación conductual de maliciosa y abominable machismo; sino evitar, a como dé lugar, tales injusticias. Menos seguir maquillando esta repulsión.