Ciudadanía
y urbanidad anudadas por la cultura
Dr. Abraham Gómez R.
Miembro de la Academia
Venezolana de la Lengua
abrahamgom@gmail.com
Una seria advertencia, en el
inicio de esta reflexión, que quizás abone un poco para dirimir un interesante
tópico que por encontrarnos subsumidos en el mismo no nos percatamos de su
existencia.
Entendamos de una vez por
todas que la ciudadanía no está hecha.
Insistamos en dar a conocer que la ciudadanía
no se compra en paquete cerrado.
La ciudadanía no es un adminículo de moda para
uso eventual y luego desechar a capricho.
A la ciudadanía hay que
estarla haciendo a cada instante; y por más que ejerzamos tal condición ella no
se agota; al contrario, se ensancha.
La práctica de la ciudadanía “vive” en un
constante devenir: siendo y haciéndose.
¿Dónde encontrar, aunque sea
un pedazo aprovechable de ciudadanía? Puede llegar a preguntarse alguien.
Ella aflora en múltiples ámbitos,
responderemos. Allí, exactamente donde los seres humanos hacemos factibles
nuestras existencias. Digamos, en la familia en su más amplia acepción (en su
“tribu” como diría Maffesoli), en la escuela, la calle, en las iglesias en sus
distintas confesiones, en los espacios laborales.
Además (con no menos
influencia) desde, con y a través de los medios de comunicación; en la
espontánea socialidad que nace en el transporte público; en fin, en la
agregación vivencial.
Hay elementos que sirven de
vectores expeditos para que la asociatividad de los seres humanos se produzca.
Muchos factores gravitan sobre
nosotros con la intención de que nos comunalicemos.
Tal vez coincidamos (ya lo hemos dicho en
variadas ocasiones) que la cultura constituye el factor más importante (que
asume la condición necesaria y suficiente) que nos vincula como sociedad.
Luce válido admitir que
comunidad, sociedad y cultura crean un tejido indisoluble. Un sistema, pues; y siendo
tal, si alguno de sus componentes se deteriora, obviamente repercute y afecta
de modo severo a los otros dos, que también construyen esa interesante tríada.
Dicho más claro y directo. Cultura-sociedad-comunidad
están imbricadas de tal manera que se hace imposible su desanudamiento.
A partir del trasfondo cultural que le es
intrínseco, la comunidad y la sociedad adquieren una estrategia de producción
material de bienes y servicios, ciertamente, para poder subsistir; al tiempo
que generan las claves simbólicas: los
constructos escolares, su entramado epistemológico, las ideas, escritos,
palabras, artes, los contenidos cognitivos para reproducirse.
Como producto de la compenetración de aquéllas
tres nacen las cìvitas o ciudades, y por ende la esencia de los atributos y
cualidades que nos hacen ciudadanos.
Aunque se tengan las mejores intenciones de
diseñar los espacios de las urbes. Así tengamos la disposición de hacer
maravillas en las dimensiones geográficas para las urbes, para que den base a
las ciudades y a sus respectivos elementos patrimoniales, si no hay en nosotros
suficiente densidad cultural y civilidad de nada valdrán tantos esfuerzos.
Por un lado, se estará
haciendo y por el otro se vendrá destartalando.
Una cosa es arreglar la urbe y
otro “distinta y complementaria” es la espesura de cultura que portemos.
Otro hecho bastante llamativo es que sólo el
sesgo legal nos ha importado cuando tratamos la civilidad.
Fíjese, reclamamos vía
jurídica, los atropellos que desde el Estado se comenten contra nuestra
condición de ciudadanos.
Tal reivindicación nos parece muy bien. Pero, ¿Cómo
nos comportamos frente a la sociedad-comunidad?
La ciudadanía debe hacerse con
autorregulación, con carácter pacífico y muy responsablemente.
A la dimensión legal de la ciudadanía debemos
sumar la visión filosófica que nos indica el tipo de sociedad que aspiramos
construir, el fin último que deseamos alcanzar en la integración social que
perseguimos.
Añádase allí también la
dimensión socio-política la cual es el basamento de las prácticas consideradas
cotidianas; cooperación en el diseño de las políticas públicas, solicitar que
se agranden los derechos humanos, exigir que se cumpla el contrato social que
nos damos, participar-dialogar en los eventos de la esfera pública y en sus
diferentes instancias; asumir que disfrutar de las libertades y de los
beneficios estatales no deriva de una concesión graciosa de los detentadores
del poder.
Si insistimos en tratar de
comprender el significado ético de la Política en estos tiempos que corren,
seguro nos quedaremos perplejos y con demasiadas incertidumbres.
Las observaciones que intentemos, aunque sea
por curiosidad, para develar los otros modos en que se ha transfigurado lo
político ahora se quedarán pequeñas. No tanto porque los escenarios se muestren
a veces impenetrables, sino también porque cosas que parecían inimaginables son
comunes y corrientes, y “legitimadas” con la mayor naturalidad.
No sólo impactan, también
espantan. Hay displicencias a borbotones. Actitudes tan rampantes que uno se
queda loco.
Deseamos construirnos y
constituirnos desde el pleno despliegue de las potencialidades creativas de
cada quien, donde se propugne el beneficio de todos, con plena solidaridad
humana. Sin posturas hipócritas o utopismos anacrónicos.
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