El
pensamiento de Rigoberto Lanz más vigente que nunca
Dr.
Abraham Gómez R.
Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua.
Siendo ahora la tolerancia un asunto
de escasísimo uso; y la discusión a través del disenso fértil una extravagancia.
Precisamente, la tolerancia y la
discusión constituyeron las dos mayores virtudes que cultivó Rigoberto a lo
largo de su existencia.
Admitir con respeto las opiniones que
provenían en sentido contrario, al tiempo que procuraba pesquisar una arista
provechosa de cada palabra antagónica proferida; para hacer brotar después,
desde su proverbial iluminada intuición una síntesis superadora de ideas; y así
entonces, cada quien resultaba satisfecho.
Tenía una grácil y elegante manera de
“construir en caliente”; pensar sobre la marcha elementos metonímicos para
reforzar lo que deseaba decir.
Habiéndonos conseguido siempre en
parcelas ideológicas distantes disfrutábamos inmensamente con la sana
confrontación (para muchos, dialéctica tal vez) que las adversidades en sí
mismas provocan. Ciertamente, èl había sido un digno problematizador. Que
incitaba al debate; que impulsaba al diálogo escrutador, que hacía de los
espacios académicos su ambiente de regusto, sin llegar jamás a la
domesticación.
Bastaba su fonética, suficientemente
estudiada y bien pronunciada, del idioma originario del escritor de una obra
reciente que deseaba citar en sus charlas, conversaciones y conferencias, para
que nos “engancháramos”; y partíamos, de inmediato, raudos a escudriñar líneas
de pensamientos de tanta gente. A veces autores con imaginaciones recónditas,
abstrusos, de difícil comprensión en una primera lectura.
Siempre le admiramos la paciencia
para escuchar hasta al que estaba errado en los planteamientos de “punta a
punta”.
Impregnado de la quietud y grandeza
del sabio, quizás, sin barruntar después con odiosa erudición.
La dinámica de su vida estuvo signada por la
constante y fecunda interlocución.
Le encantaba aprender de todo y a cada
instante.
Defendía con entera pasión su
posición: ya en contra del marxismo manualesco como yendo a contravía de la
modernidad; o haciendo elogiosa consideración a la Complejidad en tanto
alternativa de vida.
Cada ejercicio crítico-reflexivo suyo
iba precedido de enjundiosas argumentaciones.
La fundamentación ética que descolló
Rigoberto a lo largo de su vida personal y universitaria le permitió
estructurarse de una sola pieza.
Nunca lo vimos rechazar una discusión
seria.
Cuánto orgullo haber disfrutado de su
sincera amistad. Creada, cultivada y proyectada con base a los constantes
intercambios de opiniones abarcativas de las distintas parcelas de la realidad.
Como docente nuestro del doctorado en
ciencias sociales de la UCV, y como impulsor de los seminarios del CIPOST (post
doctorales) donde participamos.
El maestro Lanz poseía la cualidad de
no dejarse encallejonar ni adocenar en corrientes de pensamientos
inconsistentes. Las adivinaba como circunstanciales instrumentos teóricos para
el usufructo político.
Por aquello que siempre figuró “las
palabras no son neutras” (Monte Ávila y Faces-UCV. 2005).
Los saberes tampoco son neutros.
Hoy llegamos a preguntarnos. ¿Acaso en
la contemporaneidad venezolana, la realidad no está desbordando a cada instante
a las estructuras institucionalizadas?
Rigoberto lo exponía de modo similar al
entender a la democracia en tanto el poder de cualquiera. Por eso alentaba la
existencia de nuevos y distintos movimientos sociales.
Decía que èl simpatizaba porque apareciera,
sin limitaciones, la diversidad de lo político transversalizado. Hecho causal,
esto último, de bastantes miradas reticentes hacia Rigoberto por parte de quienes
han detentado la partidocracia acrítica e incontestada en nuestro país.
Rigoberto siempre les resultaba a los
políticos, sin densidad en el pensamiento, un necesario invitado incómodo.
Porque pensaba con cabeza propia.
Las universidades fueron focos de sus
acendradas críticas. Contundentes reflexiones que justificó con el propósito de
que se transformaran; no que se solazaran y admitieran los atajos reformistas
como salidas.
Siendo èl una creatura de la
Universidad, no sentía vértigo para procurar alternativas a los espacios
universitarios acordes a las inaplazables e inmediatas exigencias de
generación, recreación, preservación y difusión de los conocimientos.
Tuvo la valentía de dejar en claro la
obsolescencia de la Universidad; de señalar que era poco menos que un cascarón vacío que no administraba
contenidos esenciales para la construcción de conocimientos sino burocracias
prescindibles.
Muchos “espíritus esclerosados”
que han hecho de las universidades su hàbitus, quedaron perplejos cuando
Rigoberto declara la caducidad de los métodos aplicados en muchas universidades
del mundo. Además, insistió en la necesidad de realizar una reingeniería que
resucite a las distintas casas de estudios.
La dicha admirable siempre de
Rigoberto es no haberse quedado encajonado en los diagnósticos catastrofistas;
porque aportaba soluciones alcanzables:
“Se puede empezar con una
reingeniería del modelo, pero inventar otra alternativa desde cero sería lo
ideal y hasta más conveniente y excitante. Aunque hay muchos frentes de reforma
universitaria en el mundo y cada quien viene trabajando a su manera, por ejemplo,
destacan los europeos con el llamado Programa de Bolonia, al igual que en
México en donde destaca el trabajo de Edgar Morín (Universidad de Hermosillo).
Sin embargo, no existe ningún modelo a seguir, sólo estas experiencias”.
Cómo hablar de transformación
universitaria sin ir a la raíz constitutiva y constituyente de los saberes. Sin
llegar a develar las matrices epistémicas que las alimentan y sustentan. Tal
vez, ello sea el factor que más impacta y espanta cuando estos asuntos son
llevados a escenarios de fuertes escarceos con la intención de discernirlos
plena y absolutamente. Había una prístina visión en Rigoberto sobre este
específico aspecto:
“No hay modificación universitaria
si no hay, al mismo tiempo, cambios de la forma del pensar y un cambio profundo
sobre todo en las ideas de los docentes. La transformación es un hecho natural
en el mundo académico, las universidades no se transforman naturales ni
espontáneamente, es la presión de la sociedad la que la induce. Es un desafío
urgente, y abarca un cambio cultural, que debe aparecer en la agenda de la
transformación y las políticas públicas de la misma”.
Rigoberto se atrincheró en un
pensamiento apropiado para la resistencia intelectual.
Habitaba en Rigoberto la inmensa
preocupación para incitar el pensamiento creativo-crítico en América Latina.
Continuamente refería que mientras en
otras latitudes se hacen y dicen cosas; èl no lograba explicarse qué estaba
pasando con esta parte de la tierra.
Rigoberto nos recordó como anécdota
lo que siempre señalaba Carlos Fuentes hace ya algunos años, de que si acaso
emergía filosofía en América Latina no sería precisamente a partir de los
filósofos sino por voluntad de los literatos. Una exageración del mexicano,
podría ser.
Ciertamente, cuánto pensamiento hay
en nuestra literatura, cuánto pensamiento en nuestro lenguaje simbólico; pero que,
si confrontamos con el ámbito de las ciencias sociales, vemos que no hay una
relación; dicho de otra manera, no existe un enriquecimiento recíproco.
Suele ocurrir, mencionó infinitamente
Rigoberto, que cada vez que nos encontramos en algún atolladero, en un atasco
social, algún ocurrente sale proponiendo que hay que conformar una comisión de
reforma, y jamás se les ocurre que de lo que se trata es de Transformar.
Porque por la vía de la reforma no
vamos hacia ninguna parte. Por cuanto sólo por allí intentaremos reacomodar la
cosmética. Revisar los esquemas, el aspecto, las apariencias. Mientras que la
transformación va al fondo de los asuntos.
En América Latina requerimos que no únicamente
los intelectuales piensen. Por cierto, palabra que siempre fue desdeñosa para
èl.
Decía que cuando alguien se auto
adjetivaba de intelectual había que colocarlo “bajo sospecha”
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