sábado, 9 de junio de 2012

LA ECOLOGÌA ABERRANTE DEL MILITARISMO.

LA ECOLOGÍA ABERRANTE DEL MILITARISMO (II)
                                                           Dr. Abraham Gómez R.

Hasta algunos años resultaba impensable que podría desatarse en nuestro país los mecanismos sostenedores de los regímenes totalitarios, cuya mayor esencia viene dada por la  descarada y siempre abominada pretensión de concentrar y controlar lo más  mínimos designios de los seres humanos. A esto lo categorizó Foucault como el biopoder.
No en vano las raíces filológicas que entroncan los vocablos ejército y ejercicio arrastran idénticas procedencia: poner en movimiento, no dejar descansar, hacer trabajar sin respiro, agobiar, forzar hasta la extenuación. Es la primera línea de significados. Las construcciones semánticas  que de éstos se derivan son: contener, retener, encerrar con fuerza. En la actualidad nacional nos luce que esos comportamientos han sido invariables. Ahora con sello institucionalizado para ocupar los distintos ámbitos naturales de la sociedad civil. En cada ente de la administración pública, como caricatura de gerente de algo, hay un militar para cumplir (¿) las funciones que ha aprendido: perseguir con miradas escrutadoras, informar a sus superiores, someter y obstruir cuando algún procedimiento sobrepase su capacidad interpretativa. Por tal camino pronto tendremos un trastocamiento de civilización, de los valores cívicos, las costumbres de los  naturales intercambios, las sensibilidades que nos vinculan a los otros, de los elementos culturales pertenecientes a los ciudadanos que los hacen compartibles en sus legítimos espacios. Si la cosa sigue como va pronto hablaremos de cibilización (con b larga), que al colocar la palabra en el campo léxico de cibus engendra en los sustentadores del poder el capricho de cebar, engordar a la población  para avivar su animalidad, al tiempo que  practican  los ensañamientos para quienes osen desmandarse del orden impuesto. No por ingenuidad o casualidad al frente de la mayoría de los  ministerios de la administración pública conseguimos militares venezolanos y cubanos, con pobrísima formación universitaria para regir tales designios. Mayor desprecio a los sustantivos principios de la civilidad, de la ciudadanización no puede haber. En un régimen militarista resulta absurda la conexión dialógica, de discernimiento, de confrontación intrínseca de ideas, de búsqueda de síntesis superadoras producto del esfuerzo conjunto. El régimen militarista que flagela y acogota a nuestro país han venido conculcando los espacios para dirimir. Sólo auspician y promueven desde la oficialidad los foros de “los espejos”, (pero bastante lejos de la tesis de Lacan) donde los epígonos del militarismo se regustan de lo que ellos mismos dicen y oyen, sin que nadie  se atreva a desbocarse en sentido contrario. Hasta la mismísima Asamblea Nacional, ágora para la confrontación ideológica-política, se ha convertido en un redil obediente y sumiso. Y pensar que a quienes tuvimos hasta ayer como serios intelectuales, con una densa formación académica han devenido en  exégetas de las satrapias de hoy. Hay una indisimulada disposición  desde todas las esferas oficiales a  improntar con sesgos militaristas los diferentes modos de ser de la civilidad venezolana. A imponerle un tono marcial a cada cosa. Los ideólogos del régimen vienen construyendo una gramática para intentar mencionar con otros signos lo que ya conoce la humanidad,  porque ha padecido sus atrocidades. Los militarismos, sean de izquierda o derecha, desembocan en las peores calamidades por cuanto, como acto reflejo, su fin último es eliminar a los oponentes. La intención es darle rienda suelta a la consumación de las hostilidades. Privilegian un reclamo instintivo de territorialidad.  Para ellos se hace obligante expulsar al otro. Al militarismo los antagonistas les resultan  incómodos y  execrables porque en la obtusa mentalidad de tropa no  hay posibilidad para valorar la cohabitación con los contrarios.
En los sistemas auténticamente democráticos la esencia es la tolerancia, sin en el mínimo rasgo cuartelario. Las victorias que afloran en la Democracia se asumen pro-indiviso, por eso son hermosas, porque corresponden a todos, porque fue el resultado a partir de un disenso fértil.

jueves, 17 de mayo de 2012


SIGNOS SOCIALES DE LA CÍVITA.
                      Dr. Abraham Gómez R.

Pretender implantar, en forma artificial,
un determinado ordenamiento jurídico
en un grupo social que tiene  su estructura
y características propias, y por ello, calificado
de autóctono, sólo puede conducir a la
deslegitimación del propio sistema jurídico.
TULIO ALBERTO ALVAREZ. Instituciones políticas. 1998

Una seria advertencia, en el inicio de esta reflexión, quizás  abone un poco para dirimir un interesante tópico que por encontrarnos dentro de éste no nos percatamos de su existencia. Entendamos de de una vez por todas que la ciudadanía no está hecha. Insistamos en dar  a conocer que la ciudadanía no se compra en paquete cerrado.
 Que la ciudadanía no es  un adminículo de moda para uso eventual y luego desechar a capricho. A la ciudadanía hay que estarla haciendo a cada instante y por más que ejerzamos tal condición ella no se agota, al contrario se ensancha. La práctica de la ciudadanía “vive” en un constante devenir: siendo y haciéndose. Dónde encontrar aunque sea un pedazo aprovechable de ciudadanía, puede llegar a preguntarse alguien. Ella  aflora en múltiples ámbitos, responderemos. Allí, exactamente donde los seres humanos hacemos factibles nuestras existencias: la familia en su más amplia acepción (en su “tribu” dirá Maffesoli), la escuela, la calle, las iglesias en sus distintas confesiones, en los espacios laborales. Además (con no menos influencia) desde, con y a través de los medios de comunicación; en  la espontánea socialidad que nace en el transporte público, en fin en la agregación vivencial. Hay elementos que sirven de vectores expeditos para que la asociatividad de los seres humanos se produzca. Muchos  factores gravitan sobre nosotros con la intención de que nos comunalicemos. Tal vez coincidamos (ya lo hemos dicho en variadas ocasiones) que la cultura constituye el factor más importante (que asume la condición necesaria y suficiente) que nos vincula como sociedad. Luce válido admitir que comunidad, sociedad y cultura crean un tejido indisoluble. Un sistema, pues. Y siendo tal, si alguno de sus componentes se deteriora, obviamente repercute y afecta de modo severo a los otros dos, que también construyen esa interesante tríada. Dicho más claro y directo: cultura-sociedad-comunidad están imbricadas de tal manera que se hace imposible su desanudamiento. A partir del trasfondo cultural que le es intrínseco la comunidad y la sociedad adquieren una estrategia de producción material de bienes y servicios, ciertamente, para poder subsistir al tiempo que generan las claves simbólicas:  los constructos escolares, su entramado epistemológico, las ideas, escritos, palabras, artes,  los contenidos cognitivos para reproducirse. Como producto de la compenetración de las  aquéllas tres nacen las cìvitas o ciudades y por ende la esencia de los atributos y cualidades que nos hacen ciudadanos. Aunque se tengan las mejores intenciones de diseñar los espacios de las urbes. Así tengamos la disposición de  hacer maravillas en las dimensiones  geográficas para las urbes,  para que den base a las ciudades y  a sus respectivos elementos patrimoniales sino hay en nosotros suficiente densidad cultural y civilidad de nada valdrán tantos esfuerzos. Por un lado se estará haciendo y por el otro se vendrá destartalando. Una cosa es arreglar la urbe y otro “distinta y complementaria” es la espesura de  cultura que portemos. Otro hecho bastante llamativo es que sólo el sesgo legal nos ha importado cuando tratamos la civilidad. Fíjese, reclamamos  vía  jurídica, los atropellos que desde el Estado se comenten contra nuestra condición de ciudadanos. Tal reivindicación nos parece muy bien. Pero, cómo nos comportamos frente a la sociedad-comunidad. La ciudadanía debe hacerse con autorregulación, con carácter pacífico y muy responsablemente. A la dimensión legal de la ciudadanía debemos sumar la visión filosófica que nos indica el tipo de sociedad que aspiramos construir, el fin último que deseamos alcanzar en la integración social que perseguimos. Añádase allí también la dimensión socio-política la cual es el basamento de las prácticas consideradas cotidianas: cooperación en el diseño de las políticas públicas, solicitar que se agranden los derechos humanos, exigir que se cumpla el contrato social que nos damos, participar-dialogar en los eventos de la esfera pública y en sus diferentes instancias; asumir que disfrutar de las libertades y de los beneficios estatales no deriva de una concesión graciosa de los detentadores del poder.

martes, 8 de mayo de 2012

MUCHO PÀNICO EN LA HUGARQUÌA (I)
Dr. Abraham Gómez R.
Doctorado en Ciencias Sociales UCV
abrahamgom@gmail.com

Serias sospechas de derrumbamiento político atraviesan los intersticios de lo que aún denominan Proceso (pronunciado con menos fuerza). Hay una intuición  que capta en la masa roja la cercanía del descalabro. Nadie lo duda. Ellos mismos  lo perciben e intentan darse ánimos unos con otros, pero la voluntad no basta ante la realidad que los acusa y acecha. La principal característica de tal histeria colectiva es que el desconcierto patológico se manifiesta en un gran número de comilitantes del régimen. Hasta los más recalcitrantes ortodoxos del inefable “socialismo” transpiran los quejidos. Hubo un momento en que parecían invencibles, y a la otra parte de la sociedad, quienes asumimos desde siempre la libertad y la democracia en tanto Principio existencial, antagónica de sus indigestiones ideológicas, nos estuvieron considerando como invisibles. A las más abyectas de las humillaciones fuimos sometidos quienes hemos tenido la legítima y natural actitud de adversar las posiciones oficialistas, no por ultrancismo, sino por avizorar el fraude en las ejecutorias de las políticas públicas en las que nos han pretendido encallejonar este hatajo (con h) de hitlerianos tropicales. Los “planificadores” del gobierno asoman, como mascarón de proa, inflexibilidades en las decisiones. La ineptitud la estuvieron maquillando con arrogancia y soberbia. Fruncían el ceño para espantar las incómodas observaciones de las críticas bien fundamentadas. La autocrítica les resbalaba, se creían  y se la estuvieron dando de autosuficientes.  Únicamente ellos poseían el prodigio, incompartible, de atesorar la verdad absoluta e incuestionable. La deleznable situación del país hoy les retrata la incapacidad a cuerpo entero. Por eso y sólo por ellos es que estamos como estamos: en las peores condiciones sociales y económicas, en la más patética inseguridad jurídica y ciudadana, en un descrédito internacional. Estamos imbuidos en la jamás conocida precariedad ética y moral. Una nación con su extraordinario potencial para el sostenible desarrollo humano integral no merece la abominación causada por parte de estos detentadores circunstanciales del poder. Súmesele la deplorable complicidad, rayana en lo obsequioso, de unos ideólogos resentidos con la Academia, que al no conseguir cartel de donde asirse para experimentar sus inextricables lecturas han encontrado el rojo escenario nacional como lo más propicio para desbaratarse en orgiásticas ideas. La acumulación incontenible e insoportable de errores y desaciertos en todos los ámbitos, sectores y áreas ubica al actual régimen como el peor de la historia contemporánea de Venezuela. Tal vez sea la presente gestión la de menor cualificación en Latinoamérica, a pesar de todos los gastos a espuertas para granjearse, tarifa mediante, los elogios artificiosos de la región. Las expectativas levantadas de justicia social y reivindicación de los pobres constituyen en la actualidad un inmenso fraude. Y precisamente es el cuadro social de los desfavorecidos (refugiados incluidos) el que ya ha trazado las rutas de las justas y contundentes protestas, con lo cual hacen que quienes les ofrecieron un nuevo relato mítico de “dictadura del proletariado” entren en desbandadas. A cada instante afloran las recíprocas acusaciones por inmoralidades y latrocinios. Ya es cotidiano que  se disparen los mecanismos de exclusión y purgas del partido único, oficializado desde las alturas del poder, sin pudor o recato por el Estado de derecho. Una organización política estructurada para someter, silenciar y divulgar un pensamiento adocenado y servil. Se cruzan las emociones de vergüenza y tristeza cuando se percibe la suprema genuflexión y entrega del resto de los poderes públicos ante el Ejecutivo, para no incomodar o importunar los caprichos del “émulo de Zeus”. Creído dios del Olimpo a pesar de las inocultables limitaciones sicofísicas. Y ante la advertencia tangible de su fecha de caducidad, por la vía electoral, democrática, pacífica y constitucional. Esta es la cartilla que no les gusta leer y menos escuchar. A pesar de la fortaleza engañosa que quieren aparentar, en este “desquiciado reinado” ya se cuelan por los más variados resquicios un susto intenso y paralizador, una angustiante confusión porque saben que tienen la obligación, inescurrible, de responder jurídicamente y ante la historia por tantas tropelías y locuras cometidas. Ya saben que está trazada una fecha de caducidad.

miércoles, 11 de abril de 2012


Apenas una parte de la discusión
                                                      Dr. Abraham Gómez  R.
“La esencia de la  diferencia entre la derecha y la izquierda,
es la actitud que las dos partes – pueblo de la izquierda y pueblo
 de la derecha-- muestran sistemáticamente frente a la idea
 de la  igualdad…”
Norberto Bobbio. Derecha e Izquierda. 2000
De nuevo ante  un inacabable discernimiento dilemático que, aún hoy para muchos, tiene vigencia en cuanto a dos mundos posibles, dos filosofías ante la vida que las han pretendido hacer irreconciliables en estos tiempos que transcurren. Cuando ya pensábamos que tales discusiones habían  sido clausuradas, porque ahora es posible sintetizar ambas líneas de pensamientos en un instrumento teórico-practico superador, nos retrotraemos otra vez a una cartografía de disyunción sociopolítica sin justificación aparente. Pero bueno, comencemos por volver a desanudar este asunto, que para tantos se hace deseoso y  necesario. Sin rehuir a los planteamientos y sin opacidades al momento de dar sus antecedentes. Digamos entonces que cada etapa de la humanidad tiene su específico vehículo de “emancipación”. ¿Emanciparnos de qué y cómo? Su sujeto liberador, pues. Lo que se ha dado en llamar la vanguardia. Siempre ha habido una que otra por ahí. Lo que hay es que saberla ubicar y distinguir, para contextualizar. Con la debida advertencia que “la vanguardia” puede llegar a presentarse inasible, difusa, plural. Cuando Marx y Engels determinan en el Manifiesto Comunista que el “sujeto liberador” es la clase obrera, tal vez-- duda razonable mediante—llegó a ser una interpretación correcta en su momento, por cuanto  dentro de las clases sociales que estaban  en movimiento para la “previsible revolución de 1848”  la clase trabajadora conformaba el estrato social  que padecía las mayores explotaciones. Una pregunta adelantada: ¿tiene sentido insistir con tal posición? Serias sospechas tenemos que son múltiples los sujetos liberadores que hoy recorren al mundo. A veces identificados y/o diferenciados entre ellos mismos. Cada uno aporta determinadas proporciones teóricas y prácticas para la resolución de problemas en el ámbito de que se trate: ya ideológico como económico. La cosa es resolver rápido y de la mejor manera posible (pragmatismo  le dirán no pocos). Estamos en presencia de una vanguardia multifacética, que no se contiene ni se contenta con una específica mirada. Maffesoli lo llama “el descentramiento del sujeto”; y nosotros no tenemos la intención de socavar su exquisita inspiración. Da lo mismo narrar desde el centro o aproximar ciertos criterios desde la periferia. Se vuelve una necedad plantarse en una única tesis vanguardista cuando la dinámica mundial con sus realidades nos está señalando otras cosas. Son tantos los sujetos individuales o colectivos que analizan y proponen las situaciones objetivas, que explican con aciertos las posibles vías de liberación. Exponer que sólo la izquierda asume los designios liberadores de la humanidad es hablar de modo obtuso; como también será una torpeza mayúscula arrogarse por parte de la derecha la exclusividad de redención. Hoy han aflorado grupos espontáneos por todas partes que no llevan una particular impronta ideológica y han tenido el atrevimiento de proponer y hacer cosas: Ecologistas, defensores de los derechos humanos, feministas, impulsores de la ciudadanización, preservadores de la vida de los animales, indigenistas, etnicistas, tecnologicistas, proponentes del decrecimiento sustentable (Latouche y Georgescu-Roegen dixit) como opción de futuro, en fin un gentío in-corporado socialmente a aligerar la vida sin que prele en ellos una Razón ideológica previamente. Quiénes somos nosotros para etiquetarlos de izquierda o de derecha, además luce anacrónica la reiteración de esa nomenclatura. También con la intención de formular algún contraste indirecto frente a cualquier ideología diremos que la democracia, con la que nos regustamos a pesar de sus errores e imperfecciones, no sólo queda definida como forma de organización política sino en tanto modo de convivencia y estructuración social: menos vertical, con búsquedas más igualitarias (que no igualación) de las relaciones entre sus miembros.  Que aunque  sean disimiles los planos políticos escogidos por la gente para participar (de este o de aquel lado) prevalece el respeto y la tolerancia hacia el otro. Suena habitual y extensivo para la vida el término y praxis de democratización: proceso desde donde se  hace común y corriente la aceptación del disenso que  será siempre fértil si dejamos a un lado los estigmas y sintetizamos la izquierda con la derecha.


viernes, 30 de marzo de 2012


SOCIALIZACIÒN DE IDIOTECES
                                  Dr. Abraham Gómez R.

Al que le va todo bien, no ha terminado de ponerse
a pensar nunca, porque no le hace falta. Pensamos cuando
de pronto algo no funciona, cuando algo nos despierta.
Una pesadilla nos  ayuda a pensar. Entonces recurre a  la filosofía,
el que está estremecido por un fracaso, por una derrota, por un horror.
La filosofía es la herramienta que siempre nos permite, en definitiva,
cuestionarnos.
FERNANDO SAVATER. La Aventura de Pensar.2008

Parece un atrevimiento  teñido de audacia que escrutemos las condiciones psicosociales del país  desde nuestras  interioridades como nación. Eso es  hermoso en un estado de derecho. Aunque produzca vértigo. Quiénes más sino nosotros, demócratas de convicción, para aproximar un diagnóstico descarnado o por lo menos para re-conocer que lo que se está viviendo en la actualidad desborda cualquier cosmética cuya intención sea la de  sesgar o  torcer lo que resulta completamente evidente. Todo cuanto uno observa y analiza a partir de un escenario ideológico distante,  percibe que las externalidades llevan un ritmo de develamiento  rápido, todo se vive y descubre con prontitud. Valga añadir hasta para  la construcción de conocimientos. La realidad impone cierta velocidad ante la cual debemos ubicarnos a tono  Uno observa con perplejidad que quienes se dicen comilitantes del actual régimen huyen de las tareas de autocríticas, menos  aceptan que se les diga que las muy pocas diligencias practicadas para el crecimiento de las ideas y la organización partidaria  únicamente  han tenido escasos resultados hacia adentro. Cómo calificamos entonces esto: una estructura dirigencial devenida endogámica. Hay un vaciamiento de criterios. Esos  hechos nos aligeran a  enarbolar orgullosamente  nuestra lapidaria expresión jamás  habrá justicia social si el principio rector para tal ejercicio político  provenga de la sumisión; así tampoco cuando admitan que patria y partido conforman “la misma cosa”, ni en el momento en que hagan saber  que no hay diferencia alguna entre Estado y gobierno. Que les da lo mismo si hablan de nación y de proceso, como  además son idénticas, en estas claves de bajezas y confusiones provocadas, cultura e ideología. Que quien participe en el “socialismo del siglo XXI” acepte sin discusión  que cuando pronuncie solidaridad renuncia ipso-facto al pensamiento crítico y a sus   propias consideraciones. No son más, decimos nosotros, que sustratos de indignidades, por cuanto la dignidad se explica en buena medida por la autonomía intrínseca e inherente del ser humano. Pues  “sólo el que sabe gobernarse así mismo según su principio racional resulta señor de sus acciones y en consecuencia, al menos parcialmente, un sujeto libre, es un ciudadano”. La dignidad se basa en el reconocimiento a  la persona de ser merecedora de respeto. La dignidad propugna  tolerar las diferencias para que afloren las virtudes individuales con lo cual se refuerza la personalidad, se fomenta la sensación de plenitud y el equilibrio emocional. La práctica política, aunque orientada a la formación ideológica, al ejercicio del poder, para la toma de decisiones en procura de un objetivo no implica, obligadamente, que quien haga política  de entrada deja hipotecada su dignidad. Menos en un sistema político que se precie ser en esencia socialista. Las definiciones y desenvolvimientos de regímenes socialistas han tenido sus variaciones y matices a lo largo de la historia. Hay quienes se atreven a apuntar que ni socialismo ni comunismo propiamente tales hemos tenido hasta ahora. Sin embargo insistimos en señalar que mientras vinculemos socialismo, conforme a su doctrina, con la búsqueda del bien común, con la distribución de la riquezas, con la igualdad social (que no igualación) y con la participación regulatoria del Estado en las actividades socio-económicas, bastan estas premisas  para concederle  al socialismo, como sistema de pensamiento y acción, un prominente basamento de dignidades, bien lejos de lo que atravesamos en estos tiempos aciagos en el país.