Orígenes socio-históricos tramposos en la construcción léxica-semántica del vocablo
mujer.
Discurso
de incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua
Dr. Abraham Gómez R.
Palacio de las Academias, lunes 26 de febrero de 2018
Ciudadano
presidente, demás miembros Numerarios y Correspondientes de nuestra Academia
Venezolana de la Lengua.
He
venido, a agradecer la honrosa distinción que ustedes me hacen, como miembro correspondiente
del Delta del Orinoco; tierra del ilustre escritor, representante legítimo de
la narrativa contemporánea y Numerario
don José Balza, del escritor, sacerdote y miembro de esta Academia Julio
Lavandero, del musicólogo Vince de Benedetti, de la arquitecta Gladys Meneses del escritor Humberto Mata, del recordado
indigenista Pedro Juan Krisólogo, del maestro de América Félix Adam, del
renombrado artista plástico Alirio Palacios, del ebanista Pedro Barreto, , del
científico Luis Cabareda, del poeta Luis Camilo Guevara, del ensayista y
crítico literario Armando Navarro.
Mi
salutación y agradecimiento, también, por la asistencia a familiares, amigos,
colegas de las universidades y de los medios de comunicación.
Estoy
aquí, con suficiente complacencia, para compartir algunas reflexiones, en este
hermoso evento.
He
sido, a lo largo de mi existencia un acérrimo y fundamentado defensor de los
Derechos de las Mujeres, a quienes les he escrito, con pasión y devoción,
bastantes ensayos, mis artículos regulares en la Red y en la prensa nacional,
mis libros y conferencias en las universidades.
Si
ustedes me lo permiten, en esta exquisita ocasión me propongo decir, que han
estado urdidos, desde siempre, unos orígenes socio-históricos tramposos en la
construcción del vocablo Mujer.
Que el siglo XXI está siendo considerado el
siglo de las mujeres, nos atrevemos a admitir, sin extravagancias, que ciertamente
es una profecía razonable, y además emocionalmente deseable.
Se ha vuelto indetenible la presencia de la
mujer en las más disímiles disciplinas y áreas de conocimientos. Las mujeres
han venido asumiendo elogiables responsabilidades, tal vez lentamente pero con
fundamentación y sostenibilidad.
La pregunta, que nos hacemos entonces, ya
no es tanto cómo acceden ellas a cumplir tales tareas, sino: el desafío que
constituye para la sociedad al verse obligada a discernir el significado que
viene adquiriendo la determinante participación de las mujeres y sus
respectivos desenvolvimientos.
¿Qué hermosas consecuencias habrá para el
futuro de la sociedad, integralmente, la participación vigorosa de las mujeres?
Ya
se ha hecho lugar común una pregunta abierta: habrá en los próximos tiempos,
más mujeres con afanosos desempeños en todos partes? Y si dichas transformaciones, además de
cuantitativas operarán también en sentido cualitativo…?
Son
inescapables y exquisitas incertidumbres, de ahora y para siempre.
Al profundizar en los análisis históricos
del papel de la mujer en las diferentes sociedades y tramos epocales nos
conllevan a plantearnos serias interrogantes acerca de ¿cómo se ha podido
llegar a tan absurda y vil subordinación femenina, reforzada con insistente
marginación en la práctica social cotidiana? No siempre fue así.
A
pesar de que la prehistoria no ha dejado escritura que explique los orígenes y
actividades realizadas por las mujeres en las primeras comunidades humanas;
hallazgos antropológicos, arqueológicos y etnológicos evidencian que los
procesos de socialización, estaban a cargo de las mujeres.
Eran grupos humanos estructurados a partir
de una concepción familiar matricentrada y matriarcal. La mujer influía y
decidía todo: regía la estructura social y ejercía el poder político, económico
y religioso. Qué acaeció, entonces?
Cuando
las sociedades se hicieron sedentarias y dependientes de sus cultivos, el varón
se vio obligado a implicarse en la producción alimentaria, y comenzó así el
proceso de transformación que desposeyó a la mujer de su ancestral poder y lo
depositó en manos de los hombres.
Nuestras revisiones documentales nos han
conducido a lo siguiente:
Aristóteles hace muy poca referencia acerca
de la mujer. Para el estagirita la mayor virtud de la mujer era el silencio,
aparejado con la sumisión; por cuanto según él, al no otorgársele voz a la
mujer es la oportunidad para negarle también la creación de su propio discurso,
y por tanto carecer de identidad y de la condición de ciudadano.
Por otra parte, armonía es la categoría
epistemológica que utiliza Platón para definir la justicia; abundando en que la
ciudad justa sólo podrá ser fundada por los “fecundos según el alma” que son
aquellos que poseen el conocimiento mayor y más bello.
Reconocemos que con Platón se dio un
pequeño avance de cierta igualdad hacia las mujeres, aunque controlada. Es por
ello que en su obra La República, en la búsqueda de la construcción de una
sociedad perfecta reconoce una misma naturaleza para el hombre y la mujer.
Para Platón la propuesta de que las mujeres
participen en las tareas de gobierno está en consonancia con su explícita
definición de justicia, que cada uno desarrolle, espléndidamente, para lo que
está más capacitado; y para conducir los asuntos de Estado, no hay diferencias
entre varones y mujeres.
De los autores revisitados y estudiados
quien más resalta sus aportes a la igualdad entre hombres y mujeres es Hobbes.
El mismo que expuso “homo homini lupus”.
Se atreve Hobbes a poner en cuestión la
concebida autoridad patriarcal y la desigualdad entre hombres y mujeres como
expresión de una ley de la naturaleza.
Hobbes es uno de los pocos autores que
cuando habla de naturaleza humana o de los hombres, se está refiriendo a la
especie humana sin excluir ningún género.
Una infeliz expresión de Fray Luis de León
no se desmarcaba del sentir masculino de su época cuando daba a conocer las
condiciones de inferioridad que ellas soportaban “…la naturaleza no las hizo
para el estudio de las ciencias, ni para los negocios de dificultades, sino para
un oficio doméstico y simple; así les limitó el entendimiento y, por
consiguiente, les tasó las palabras y las razones.”
Jean
Jacques Rousseau promovió, en su tiempo, la igualdad entre los hombres, y
muchas ideas vigentes aún; pero debemos estar claros, que las libertades a las
que aludía el filósofo francés no abarcaban a las mujeres. Tamaña ironía.
El admirado autor del Contrato Social, sin
mayor desparpajo se manda en plena modernidad con esta expresión “… la mujer está destinada a la vida doméstica,
por la fuerza de la naturaleza, por sus funciones biológicas, por su razón
débil y caprichosa y por lo tanto no habría motivos para reclamar derechos para
la mujer”.
Muchas valientes mujeres manifestaron su
descontento por el contenido y alcance de La Declaración del Hombre y del
Ciudadano de 1789, al considerar que en dicho manifiesto no había espacio para
ellas, después de haber luchado contra el orden monárquico.
También en octubre de ese mismo año, los
jacobinos declararon ilegales todos los clubes y
Asociaciones de
mujeres.
Se prohibió, también,
asistir a todas las mujeres diputadas a las sesiones de la Comuna de París. En
el discurso que convenció a toda la Comuna para que votara por unanimidad en favor
de la exclusión de las mujeres, el orador revolucionario afirmó:
“Es horrible, es contrario a todas las leyes de la naturaleza que una
mujer quiera convertirse en
hombre... El Consejo recordará que hace algún tiempo estas viragos
desnaturalizadas recorrían
los mercados con el gorro rojo mancillando ese símbolo de la libertad y
pretendiendo obligar a
todas las mujeres a quitarse los modestos tocados que les
corresponden... ¿Es propio de las
mujeres presentar mociones? ¿Corresponde a las mujeres ponerse al
frente de nuestros ejércitos?
Si hubo una Juana de Arco es porque hubo un Carlos VII; si el destino
de Francia estuvo una vez
en las manos de una mujer fue porque hubo un rey que carecía de la
cabeza de un hombre”.
Tal era el pensamiento
ginecofóbico y sexista, de aquella época, admirada y resaltada por muchos en el
presente.
Por decisión de Robespierre, un considerable
número de descontentas por la marginación a la que habían sido sometidas, fueron
decapitadas, luego de haberlas acusado de olvidar las virtudes de su sexo, para
mezclarse con los menesteres de la República.
Reconozcamos que la discriminación, el
ocultamiento y la negación a la que ha estado sometida la mujer secularmente no
han sido hechos desprevenidos o fortuitos.
En bastantes partes del mundo se ha venido
adelantando una especie de “excavación en la historia”, un asunto casi de “arqueología
social “, con el fin de encontrar mujeres, de extraer sus palabras y sus obras.
Para que ellas digan, en la contemporaneidad, lo que intentaron decir y no pudieron.
Para que sus voces sean escuchadas.
Para hacer presentables sus obras, para
rescatarlas de las olvidadas fosas del tiempo. Es un trabajo apasionante,
ejercido desde todos los ámbitos posibles. Es una auténtica y palpitante
genealogía solidaria, impregnada de razón y emoción; para decirlo con Maffesoli.
Sabemos muy poco de esas mujeres que nos
precedieron, ni siquiera nos suenan sus nombres, y sin embargo, queremos
conocerlas para reconocerlas. Estamos empeñados en recuperarlas, entablar
hermosas dialógicas con ellas.
Necesitamos aprender de ellas el trozo
histórico que construyeron para nosotros.
Las frases misóginas esparcidas, sin
misericordia, a lo largo del tiempo, atravesando épocas, culturas,
civilizaciones han revelado el carácter obtuso de quienes las profirieron.
Lo más triste queda sintetizado en la densa
carga de dolor, frustración y desprecio consciente o inconsciente que estos
deleznables actos habían provocado.
Hay suficientes resabios todavía de una
cultura antropocentrista que impone a la mujer los modos de ser, hacer y
pensar; que terminan limitándola a una constreñida trama, sin mayores
posibilidades; de la que no obstante se ha ido desanudando.
Vivir en condiciones patriarcales y de
recurrente subestimación ha venido construyendo en el inconsciente de la mujer
un patrón de conducta de legítima aceptación, haciéndole daño severo a su
autoestima.
Luce paradójico que siendo el término
Historia, con una mayor inclinación fonética hacia lo femenino (sin entrar en
otras disquisiciones), las historias de las mujeres habían permanecido ocultas,
como avergonzadas de sus antepasados; en situación constante de sometimiento.
Si la historia transmitida, oficializada
asume la impronta de la parcialización en pro de los triunfadores; más sesgada
era todavía lo que se hacía contra las mujeres: la encriptación sistemática y
la ignorancia supina de los gloriosos aportes de ellas para el cabal
desenvolvimiento de las infinitas gestas históricas y culturales.
En los casi dos siglos de influencia
musical que alcanzó Johan Sebastián Bach y su extensísima familia de 20 hijos.
Parece que las mejores composiciones y ejecuciones correspondieron a su hijas:
Federica, Cristiana y Regina; pero fueron silenciadas por las actitudes
epocales de entonces.
Cuando a comienzos del siglo XIX, la niñita
Fanny Cecilie Mendelssohn, despuntaba como concertista de piano, su madre llegó
a decir que había nacido con los dedos para interpretar fugas de Bach; pero sin
embargo, esa sociedad de clara tendencia paternalista, influyó grandemente en
la familia de los Mendelssohn Bartholdy. Mientras que al joven Félix se le
alentó, educó y apoyó en su vocación musical; con Fanny, "por ser
mujer", no pasó así. Aunque había recibido una sólida educación, ella
estaba obligada a labrarse un destino natural.
De sus casi quinientas composiciones
musicales, un considerable número de éstas
fueron originalmente publicadas bajo el nombre de su hermano. Por
ejemplo, su canción "Italia", la preferida de la reina Victoria,
todos creyeron que había sido compuesta por Félix Mendelssohn.
Nannerl Mozart tuvo abundantes más
cualidades que su célebre hermano. Ella también destacó como niña prodigio. A
él lo educaron para que triunfara, ella enloqueció al saberse marginada.
Cecilia Bohl de Faber, celebrísma escritora
española, se escondía bajo del seudónimo de “Fernán Caballero”, por timidez y
miedo., lo cual no limitó su prolífica y supremamente lograda narrativa.
Detrás de “George Sand” no encontramos a
ningún hombre sino a la talentosa escritora francesa Amandina Aurora Lucile
Dupin quien dio cuerpo literario a obras tan hermosas.
Lucile Dupin reivindicaba para las mujeres los
derechos de la pasión. En sus primeras novelas, autobiográficas traspuestas,
asimila la búsqueda de una felicidad personal en una regeneración social. Así
"Indiana" (que firma por primera vez con el seudónimo de George Sand
(1832) y "Leila" (1833) son obras romanescas y líricas donde el amor
se enfrenta a los convencionalismos y a los mitos sociales de la época, como si
George Sand se enfrentara durante sus pasiones con Musset y Chopin.
La brillante obra de Gustave Mahler se hizo
posible gracias a densos conocimientos de composición musical de su esposa
vienesa Alma María Mahler.
Así enterraron talentos, personalidades, y
posibilidades. Algunas fueron descubiertas y alcanzaron la celebridad después de
atravesar innumerables condenas y vituperios, pero la mayoría quedaron ocultas:
anónimas para siempre.
Hoy en día, el arraigo y la fuerza del
pensamiento de las mujeres en filosofía son tan grandes, que éste ya no se
limita en actitud plañidera exclusivamente a denunciar el androcentrismo, sino
que mediante debates promovidos por ellas, intercambian criterios acerca de las
distintas corrientes de interpretación del mundo y de la vida.
Hoy, las mujeres formulan densas propuestas
de Filosofía Política, que están siendo discutidas, en tanto referentes
obligatorios, en los Parlamentos Occidentales y demás escenarios
internacionales.
La filósofa Anne Phillips ha enarbolado la
tesis sociopolítica denominada “Política de Presencia”, donde se examinan el
pro y el contra de la sustitución de la tradicional Política de Ideas por la
Política de la Presencia.
La
profesora Phillips, de Teoría política de la Escuela de Economía de Londres
sostiene que La presencia de las mujeres en cargos políticos, no es un asunto
cuantitativo de cuotas más o menos generosas.
Tampoco es la vía para hacer presentes
"los problemas de las mujeres" y luchar por ellos. Es la presencia de
"lo diferente": la irrupción de los valores de las mujeres en el
ámbito de lo público. Cuando así sea, la política se humanizará y la democracia
revelará su sentido.
En tiempos preteridos el derecho
privilegiado de educación para las mujeres, no suponía el derecho para todas
las mujeres.
El acceso pleno y en condiciones de
igualdad a la educación es un requisito fundamental para la potenciación de la
Mujer, y es un instrumento excelso para alcanzar los objetivos de equidad,
desarrollo y paz.
Hoy se reconoce que la educación es un
derecho humano y un vector societal indispensable para el progreso económico,
social, político y cultural.
No obstante los avances significativos en
la feminización de los procesos de enseñanza-aprendizaje todavía resulta
relativamente elevada la tasa de analfabetismo entre las mujeres y niñas, lo
cual es una tarea urgente a nivel mundial.
La admirada psicóloga social venezolana
Mercedes Pulido de Briceño, en su trabajo “La Complejidad de Ser Mujer” expone:
“El
reconocimiento de la diferenciación social y particularmente de la
diferenciación de género es una contribución al logro de la armonía entre los
principios de la universalidad como son los derechos de todas las mujeres y los
principios de solidaridad. La discriminación hacia la mujer es un factor constitutivo de muchas políticas
que se asumen como neutras, pero que de hecho excluyen a las mujeres, bien por
la desigualdad de oportunidades o la desigualdad de trayectorias…”
Con idéntica intencionalidad nos detuvimos
en la lectura del trabajo ensayístico vigente, interesante y propositivo,
denominado “La juventud y la política en el siglo XXI, cuya autora es la académica Ana Teresa Torres. Intentamos sintetizar su honda reflexión a través
del siguiente fragmento:
“Necesitamos
construir un relato alternativo que haga honor a las virtudes democráticas y
pacíficas de la venezolanidad, para lo cual el primer ejercicio es recurrir a
nuestra historia cambiando el acento de los guerreros hacia los ciudadanos.
Venezuela no es solamente una patria de guerreros, ni su mayor gloria haber
ganado una guerra que sucedió hace doscientos años, y que por lo tanto está muy
lejana de nuestros problemas actuales. Venezuela es también la patria de los que,
después de la guerra, tuvieron que dedicarse a la ardua tarea de reconstruir la
economía que había quedado destruida, y dejado al país en la mayor pobreza.
La patria en la que se crearon grandes
universidades, de las que salieron todo tipo de profesionales, y ha dado
grandes figuras de nuestra medicina, educación, ingeniería, ciencias. La patria
de millones de ciudadanos que salen de sus casas muy temprano a trabajar, y
desde el oficio más modesto contribuyen a la construcción de la vida social. La
cultura venezolana tiene una amplia variedad de nombres que ofrecer como
ejemplos, como modelos de ese venezolano de trabajo, de solidaridad, de empeño,
que queda opacado si se le compara con las figuras de los libertadores. Esa
sería la vía para construir una memoria civil; ante cada nombre de guerrero, el
nombre de un científico, un artista, un profesional, un artesano, una mujer, un
civil”
Cuán regocijados estamos los venezolanos de
quienes hacen denso y noble su pensamiento; orgullosos nos sentimos de nuestras
mujeres que dedican horas y pasiones de sus existencias a meditar con grandeza
al país, en todas áreas y sectores: Las artes plásticas, la literatura, el
derecho, la ingeniería, la medicina, la sociología, la pedagogía.
Superlativa calificación concede Venezuela a
la labor tesonera de nuestra insigne Lucía Esther Fraca de Barrera, quien ha
dedicado años apasionados a construir una filosofía para la enseñanza y el aprendizaje, en tanto camino didáctico para desarrollar las
competencias discursivas favorables a los estudiantes, a los estudiosos y para
la sociedad.
De
seguidas lo digo con ella:
“Toda acción pedagógica debe comenzar por
determinar el tipo de educación del ser humano que se va a configurar,
realizada en entornos de socialización: el hogar, la escuela, la
universidad. La educación es la
formación del ser humano para la vida en una sociedad y en una cultura
determinada. Centrada en el bien común, en el desarrollo de nuestras libertades
sociales, comunitarias y democráticas como habitantes de América Latina, es lo
que hemos llamado una Pedagogía Integradora Estratégica.”
Honramos,
así también, a la investigadora en ciencias naturales Gioconda Cunto de
San-Blas, primera mujer Individuo de Número en la Academia de Ciencias de
Venezuela.
Contra todo pronóstico, Ella superó las
barreras de exclusión para alcanzar el éxito profesional.
Como consecuencia del inicio de la
Democracia en Venezuela, en el año 1958, la transformación del régimen
político, las recurrentes movilizaciones de las jerarquías sociales y las
migraciones constantes dentro del mapa nacional demandaron de las instituciones
universitarias, de los medios de comunicación, de la academia, y de la
literatura una permanente reorganización cultural. Por ello, la década de los
sesenta supuso, entre otros sucesos: el origen de ciertas modificaciones societales,
la resignificaciòn de cosas, resemantización de casi todo y modificación de
imaginarios dentro de los cuales, obviamente, la representación de la mujer, de
su condición de sujeto femenino fue también examinado y reconstituido.
Me he
permitido emplear el término Representación del sujeto femenino en el sentido
que le imprime Gilles Deleuze, cuando propone que la Representación siempre es
una represión de la producción deseante.
Las directas consecuencias es que dentro de
la literatura venezolana canónica hasta la década de los sesenta configuraba un discurso derivado de las
nociones de verdad y referencialidad; pero tales categorías cambian de tonos
cuando daban cuentas de escrituras hechas por mujeres.
Se llegaba incluso a afirmar que las
autoras venezolanas eran incapaces de imaginar más allá de sus espacios
privados u ornamentales.
Abundaron suficientemente las estrategias
de atenuación discursiva en los distintos corpus sociales y literarios que
perseguían minimizar el contenido de los enunciados cuando los ejes temáticos
se referían a las mujeres.
La
sociedad masculinizada, entonces, hacía usos excesivos de atenuantes
morfológicos o léxicos: diminutivos o modificadores, como instrumentos
lingüísticos para mitigar las realidades de las mujeres.
El lenguaje como estructura social
constituye otro dato también interesante para lo que nos proponemos decir.
A propósito de las marcadas confusiones en
cuanto al género gramatical, y la inculpación que se le hace a éste de la presunta discriminación de las mujeres;
ha sido pedagógicamente explicativa la
Real Academia Española, mediante un enjundioso escrito titulado “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”,
cuya ponencia correspondió al catedrático Ignacio Bosque.
De tal
texto extraemos:
“Nadie niega que la lengua refleje,
especialmente en su léxico, distinciones de naturaleza social, pero es muy
discutible que la evolución de su estructura morfológica y sintáctica dependa
de la decisión consciente de los hablantes o que se pueda controlar con normas
de política lingüística. En ciertos fenómenos gramaticales puede encontrarse,
desde luego, un sustrato social, pero lo más probable es que su reflejo sea ya
opaco y que sus consecuencias en la conciencia lingüística de los hablantes
sean nulas”
Aún más, decimos nosotros, si nuestro
interés fuera calificar como obviedad el precitado asunto: visibilidad de la
mujer en el lenguaje, o eludirlo ante temas de mayor monta, pienso que seguirá
teniendo fuerza social y discursiva la inescurrible interrogante que gravita en
muchos países: ¿Se siente la mujer excluida,
discriminada al no verse visualizada en cada expresión lingüística relativa a
ella?
Los abusos en los desdoblamientos referidos al género gramatical son artificiosos e
innecesarios desde el punto de vista lingüístico.
Cuando las
sociedades, cualquiera que sea su idioma, no encuentran la palabra que
necesitan la
Buscan, la
crean o la reconstruyen. Las palabras y las expresiones se han modificado para
reflejar los descubrimientos científicos, los cambios de costumbres y la
representación de la identidad. Las palabras también han sido objeto de luchas
y transformaciones cuyo fin era el reconocimiento de los derechos civiles,
políticos, económicos, sociales y culturales de todas las personas.
Pero, por muy desprevenidos que nos
encontremos al pronunciar una palabra, nos mostramos siempre interesados en hurgar
los intersticios de ese vocablo para llegar a conocer cuánta teleología
encierra, aunque sean pocas palabras en búsqueda de sentido.-
¿Por qué la despertada sospecha?,
sencillamente, Porque las palabras no son neutras. En cada vocablo hay
implícito una carga valorativa. Cada étimo entraña un pedazo de historia, un
mundo-de-vida.
Las
claves para develar hechos de exclusión o inclusión vienen incorporadas desde la propia forma y a
partir del mismo instante de construirse el significante que hará mención
e invocación de las cosas, y la lexicografía hace registro de lo que producen
gramaticalmente las realidades sociales. De tal manera que aflora con la voz
latina mulier, castellanizado como mujer una intención oculta de
descalificación muy marcada, que ellas han venido arrastrando injustamente. Si hacemos
una “tomografía” de bastantes cortes a la palabra mujer, tendremos como
resultados que es una palabra muy antigua y con tantísima densidad
socio-cultural y emocional, que desde que se formó ha ido evolucionando en su
estructura y en significado hasta llegar a su valor actual.
No queda lugar a dudas la existencia de la
trampa léxico-semántica urdida a partir de la palabra mulier de donde proviene
el étimo mujer. ¿Saben por qué? Porque
ésta incorpora las acepciones de: blanda, floja, aguada, falta de juicio,
envuelta en el ámbito doméstico, laxa, de pura emoción.
También nos sorprende y plantea algunas
interrogantes en esa dirección, la proximidad con mulcere, que significa palpar,
tocar suavemente, acariciar y mulgere, que quiere decir ordeñar: la evidencia
del parentesco entre estas dos expresiones lexicales no amerita mayores
comentarios. Sumemos a esta tristísima descripción la ominosa utilización de las estructuras
simbólicas que han contribuido a crear una concepción de lo femenino conducente
a la pretensión de perpetuación de la inferioridad de la mujer.
En la obra de Simone de Beauvoir “El
segundo sexo”, se establece que la realidad vivida por las mujeres y la
identidad femenina como una condición subordinada ante el hombre, no es una
condición natural, sino una diferencia social construida tramposamente, desde
la propia armazón etimológica de la palabra; recurrente en los procesos
educativos y formativos de la mujer, desde temprana edad, y la imposición en
toda su vida de una cultura con múltiples manifestaciones y reforzamientos
simbólicos.
El
Género Gramatical atiende a estructuras complejas morfo-sintácticas
concordantes, cuya intención persigue darle exquisitez, economía y
transparencia al texto-discurso, al orden sintagmático que deben seguir las
palabras; por lo que debemos evitar caer en el ardid semiótico de apelar a las
dobles, innecesarias y redundantes consideraciones al momento de mencionar lo
masculino y lo femenino.
No hacemos inclusión de lo femenino en la
sociedad, ni reivindicamos a la mujer con sólo decir: muchachas y muchachos,
ellas y ellos, todas y todos, entre otras muchas babosadas.
Al pretender enarbolar falsas querencias
hacia las mujeres se termina por ofenderlas, ridiculizarlas o exponerlas al
escarnio público.
No le pidamos a las construcciones
gramaticales que reivindiquen lo que algunas sociedades, enteramente
masculinizadas, excluyen en los actos de habla y en los desenvolvimientos
práxicos.-
En
bastantes e inacabables ocasiones es la propia sociedad en otros
comportamientos (no precisamente del lenguaje) que las aparta de las grandes
decisiones.
Las mujeres requieren de nosotros una muy
merecida nueva mirada sociohistórica.
La mujer lejos de adentrarse socialmente
con imitaciones vacías de los comportamientos masculinos ha constituido su
propio estilo y fijado su perspectiva. Ha sabido resignificar su identidad
femenina, se ha hecho sujeto del discurso cotidiano para que se aligeren las
transformaciones en el imaginario simbólico colectivo.
Contribuyamos, junto a ellas, a la absoluta
erradicación de la tal falacia histórica e ideológica que pretende dar cuenta
de la supuesta inferioridad de la mujer. Desmitifiquemos los tejidos
discursivos que persiguen instalar en la mujer una especie de natural sometimiento.
La
mujer hizo suyo los principales factores conducentes a movilidad social, de
superación meritoria, de desenvolvimientos y actuaciones basados en talentos y
probidad.
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